jueves, 7 de septiembre de 2017

Lágrimas de hielo

Despertarse en el campo de concentración y exterminio de Gando era como renacer un nuevo día, no eran la seis de la mañana cuando entraban en tromba los falangistas y los “Cabos de vara” gritando “¡diana!, ¡diana!, ¡arriba hijos de puta!.

Ernesto Pestano vivía cada día el milagro de seguir vivo, cada madrugada venía la “Brigada” a llevarse hombres del campo para desaparecerlos, incluso en su mismo barracón, los sacaban de las camas, les ataban las manos a la espalda con hilo de pitera y los sacaban a la explanada, para formados y entre golpes ir subiéndolo a los camiones cedidos por los terratenientes agrícolas canarios e ingleses.

Una noche lo subieron levantarse, colocarse firme entre las nauseabundas literas, pero cuando se lo iban a llevar desde el fondo del pasillo se escuchó la voz atronadora del criminal tabaquero Eufemiano Fuentes, que borracho gritó:

-Dejen a ese hijo de puta, vengan rápido carajo, que traigo a las cuatro hijas de Ramón Trujillo, ya me las follé con el hijo del Conde, ahora quiero que las joda la soldadesca mientras yo miro-

El muchacho afiliado a la Federación Obrera vio a las cuatro niñas, la más pequeña de unos nueve años, la mayor de apenas quince, observó como las arrastraban al bar de oficiales, entre las carcajadas de la tropa fascista, los llantos y alaridos de terror de las chiquillas.

Los trabajos forzados bajo la atenta mirada de los sicarios, los traidores con las varas y los falanges comenzaban a la salida del sol, para continuar hasta la noche, a mediodía repartían un caldo casi líquido apestoso, con escasos trozos de verdura y algún garbanzo en el fondo del caldero gigante con moscas verdes flotando en su superficie, las colas de los hombres desnutridos, temblando de frío aunque fuera verano, recibiendo los golpes de los traidores en la cabeza, las piernas o la espalda, golpes secos que llegaban en el momento menos esperado, golpes terribles que destrozaban el cuerpo y el alma, gritos que atravesaban los tímpanos llegando al cerebro, hundiendo cualquier posibilidad de rebelión, aún menos de evasión.

Llegaban rendidos a los barracones, apenas podían hablar entre los compañeros, estaba vigilados permanente por los fascistas, la mínima infracción era castigada con la muerte, fue testigo la madrugada del 29 de marzo del 37 de cómo se llevaban a cuatro de “Los cinco de San Lorenzo”, el alcalde comunista, Juan Santana Vega, el secretario municipal, Antonio Ramírez Graña, el jefe de la policía municipal, Manuel Hernández Toledo y el sindicalista Francisco González Santana, el barracón enteró se levantó para despedirlos, todos los abrazaban, todos lloraban en la despedida final, Francisco pedía por sus tres hijos, “ayúdenlos por favor, que no se mueran de hambre”.

Los sicarios fascistas cortaron ese acto de fraternidad a golpes con las varas de acebuche y las pingas de buey, los hombres corriendo a sus literas, los cuatro quedaron atado en la fría explanada, llovía copiosamente y el viento helado traspasaba los debilitados cuerpos dispuestos al fusilamiento a las cuatro de la tarde en el campo de tiro de La Isleta.

Ernesto se acostó boca abajo no podía parar de llorar, lágrimas frías, casi congeladas que parecían rajar sus mejillas, afuera el sonido del motor del camión de “los Betancores” y los insultos de los falangistas, algún culatazo en las cabezas de los reos, voces conocidas de la sanguinaria oligarquía isleña, las risas de los Del Castillo, de los Rosales, de Francisco Rubio que conocía a varios de los que iban a ser fusilados por las huelgas en sus haciendas de Firgas. El olor de la venganza, del odio, de la revancha, del genocidio, contra quienes habían defendido la legitimidad democrática ante de ser acribillados a balazos.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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