martes, 14 de febrero de 2017

El mágico olor del mar desde el infierno

La función de Roberto Bordón era trabajar en las labores de organización de las cientos de miles de personas que llegaban en los trenes al campo de concentración y exterminio, mujeres y hombres, niñas y niños de todas las edades, en su recorrido siniestro hasta las cámaras de gas y los hornos crematorios.

El joven de Carrizal de Ingenio en Gran Canaria, logró salir de la isla al mes siguiente del golpe de estado, en pleno agosto viajó en barco hasta la costa sahariana huyendo de los asesinatos y las desapariciones masivas, organizadas por Falange, Acción Ciudadana y la Iglesia Católica, organizadas junto a la oligarquía isleña, los dueños de las grandes haciendas agrícolas que no perdonarían jamás a quienes defendieron los derechos de las clase trabajadora, comenzaba el genocidio.

Atravesó medio continente africano hasta lograr desde Libia cruzar a Italia y tras varios meses en Nápoles dirigirse a Francia, donde pasó los primeros años del triste exilio forzoso, estableciéndose en la ciudad de Mulhouse, en el corazón de Alsacia, muy cerca de la frontera con Alemania y Suiza.

A las pocas horas de la invasión nazi ya estaba detenido, los colaboradores galos de los fascistas lo acusaron de comunista y fue trasladado a territorio alemán, para en unos meses acabar en el campo de concentración de Auschwitz II-Birkenau a 43 kilómetros de Cracovia.

Nada más llegar leyó el letrero de la entrada, Arbeit macht frei (<<(El) trabajo libera>>), entre golpes e insultos se vio arrodillado en la entrada de los hornos, a punto de ser masacrado, hasta que uno de los trabajadores esclavos de origen andorrano lo sacó hacia el viejo almacén repleto de las ropas de los asesinados. Le habló en catalán, enseguida detectó su acento, el mismo de la antigua novia, la que conoció en las jornadas formativas de la Juventud Socialista Unificada en Zaragoza.

En unos días Roberto se vio obligado a ser parte del holocausto sin quererlo, a palos tenía que tranquilizar a las víctimas que sin saber que iban a ser asesinados se desnudaban, dejaban sus ropas en las perchas de madera, gente de todas las edades, familias enteras.

-Ahora una buena ducha, luego les espera la taza de café, más tarde señores y señoras les ubicaremos en cada una de sus tareas en el campo- –Les decían minutos antes de sentir salir el gas de las cañerías, morir aplastados en la desesperación, asfixiados, amontonados en gigantescas montañas de cuerpos desnudos-

Los esclavos de los nazis tenían que arrastrarlos, llamar al doctor si alguien había sobrevivido, para al instante ser asesinado tapándoles violentamente la boca y la nariz. Llevarlos a los hornos, meterlos uno a uno en cada crematorio, el olor a carne quemada llegaba a miles de kilómetros, cada población cercana sabía que estaban quemando seres humanos.

Luego Roberto, sus compañeros, tenían que trasladar las cenizas a uno de los dos ríos en los carros, desaparecer hasta el último resto de polvo gris, no parar en todo el día sin bañarse, sin comer, solo aquel caldo con olor a residuos fecales que les obligaban a tomarse cada noche.

El joven canario solo aguantó medio mes, apenas quince días, tenía en la mente todo el rato a su madre, a sus dos hermanitas pequeñas, a los camaradas que sabía que habían sido asesinados, arrojados a los pozos, simas volcánicas y al inmenso océano dentro de sacos de plátanos por los fascistas.

No pudo más aquel lunes de febrero de 1941, no quería ser cómplice, echó a correr, se salió de la fila de sus hermanos de suplicio, el amigo Xavier lo agarro del brazo, pero se le deslizó como un gamo desnutrido entre los disparos de aquellas bestias demoníacas, sorteó cada ráfaga y herido en la espalda se lanzó contra las cercas electrificadas.

En unos instantes notó el fuerte calor, la energía que le hizo convulsionarse pegado a la alambrada, unos segundos de recuerdo de los lejanos seres más queridos, el olor al mar del sur, miró al horizonte mientras se iba para siempre, el cielo estaba rojo en aquel nuevo amanecer.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Una abuela y sus nietos marchan sin saberlo hacia la cámara de gas, durante 
la llegada de los judíos húngaros al campo de Auschwitz, entre mayo y junio de 1944.

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