miércoles, 7 de diciembre de 2016

Carta abierta a Augusto Hidalgo, alcalde de Las Palmas de Gran Canaria, sobre la fosa común del cementerio de Vegueta

Recordamos Augusto, cuando fuiste elegido a finales de 2014 como candidato a alcalde de esta ciudad por el PSOE, como nos escribiste un comentario en Facebook a las familias de algunos de los fusilados y enterrados en la fosa común del cementerio de Las Palmas, exponiendo tu compromiso explicito a la exhumación si salías elegido máximo regidor de este Ayuntamiento canario.

Ese apoyo te lo valoramos mucho y nos creímos que se haría realidad por tu procedencia de organizaciones de la izquierda canaria, además de por tradición familiar, por tener un padre comunista, ya fallecido, defensor de los derechos de los trabajadores como abogado laboralista. Nos lo creímos también porque gran parte de los llamados “Ayuntamientos del cambio” están exhumando fosas y cunetas en toda España.

Pasaron los meses y llegó tu elección en mayo de 2015 a través de un pacto del PSOE con Las Palmas GC Puede y Nueva Canarias, lo cual nos alegró muchísimo, porque vimos las puertas abiertas a la apertura de esta fosa común, la posterior identificación de los restos y la sepultura digna de estas personas asesinadas por defender la democracia y la libertad.

Algunos de estos compañeros enterrados en ese agujero del horror eran militantes de tu propio partido socialista, alcaldes, sindicalistas, dirigentes obreros, abogados, médicos, jornaleros, militares republicanos y un largo etcétera de nombres al que las familias nos resistimos a olvidar, a que se queden para siempre en esa fosa de la vergüenza, en esta supuesta democracia que parece obviar el genocidio franquista en Canarias y resto del estado español.

Tras las malas experiencias con la anterior corporación del PP y su alcalde Cardona, por su negativa a la exhumación, humillación a las familias y persecución política, nos encontramos como todo lo que nos dijiste en ese mensaje de Facebook no se ha cumplido, como el concejal que lleva el tema de esta fosa común nos ha cerrado todas las puertas a la exhumación, burlándose de nuestra memoria, de nuestro dolor, de nuestra lucha de más de 30 años, la que sufrieron mis padres cuando vieron que asesinaban a sus familiares.

Casi dos años después de que fuiste elegido alcalde, vemos como la fosa común sigue ahí abandonada, sin posibilidad de que se excave, algo vergonzoso y que vulnera claramente la Ley de Memoria Histórica que aprobó un gobierno de tu partido, siendo presidente José Luis Rodríguez Zapatero.

El Cabildo donde también gobierna tu organización política junto a Podemos y Nueva Canarias, se ha comprometido a generar vías para exhumar, solo faltaría que te sentaras con ellos, con el presidente Antonio Morales, que desbloquearas un claro boicot del concejal Sergio Millares Cantero, que pretende colocar un monolito sobre los más de cien republicanos asesinados y enterrados en este vertedero de memoria, seguir ocultando lo que sucedió, el genocidio franquista en Canarias.

Por todo esto no entendemos Augusto que no hagas nada, que no hables ya con el Cabildo, para al menos si tu no quieres exhumar, facilites los permisos en este suelo de propiedad municipal para que el Cabildo de Gran Canaria lo pueda hacer.

No es tan difícil, solo tienes que hablar con dicho presidente insular, romper este silencio cómplice que nos taladra el alma y la conciencia a las familias, que mi padre Diego González García con 91 años, testigo directo del asesinato de su padre Francisco González Santana y de su hermano el Bebé Braulio González García, no entiende, no comprende, como un alcalde progresista y de izquierdas que públicamente en varias ocasiones, en distintos actos de memoria, ha dicho que esta fosa se exhuma, que has mostrado tu voluntad y que vemos con tristeza como no lo haces, como no facilitas ese convenio, ese acuerdo o lo que sea con el Cabildo para que los huesos de estos héroes de nuestro pueblo trabajador puedan ser identificados y enterrados dignamente.

Desde estas humildes letras que igual ni leerás o dejarás en manos de tus asesores, te volvemos a pedir que cumplas este compromiso de justicia, memoria y reparación, lo contrario sería una injusticia histórica de la que jamás nuestro pueblo te absolvería.

Sabemos que para ti y para tu gobierno municipal no es urgente sacar los restos de unos demócratas de una fosa común, que para esta ciudad existen otras prioridades: inversiones, obras, proyectos urbanísticos, acuarios, etc., pero te solicitamos desde premisas democráticas, de fraternidad universal y derechos humanos que intervengas de una vez por todas, que dediques unos minutos a dar las órdenes oportunas, las directrices precisas para que el proceso de exhumación se inicie sin que nadie lo pueda parar.

Esperamos tu respuesta y que te sientes con mis padres y resto de familias para darnos esa grata noticia. Saludos cordiales.

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El alcalde, Augusto Hidalgo, junto al presidente del Cabildo, Antonio Morales,
descubriendo una placa a los asesinados por el franquismo en Tamaraceite.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Fidel y la entrañable noche de la memoria

-Yo tengo familia en las Canarias hermanos –Dijo el barbudo cuando salió del bohío con la boina estrellada en la mano-

Los dos hombres que venían exhaustos desde Santa Clara miraron al otro guerrillero heroico. Fidel Castro les sonrió y los invitó a sentarse junto al refugio construido con viejos troncos, el que hacía de improvisado consultorio médico para los guajiros de aquella zona de la Sierra Maestra.

-¿De qué isla son compañeros?

-De La Gomera y La Palma dijo Ceferino González, muy cansado, sin casi poder respirar tras subir la inmensa cuesta de más de siete kilómetros, Guillermo Ascanio guardó silencio impresionado ante la presencia del famoso insurgente del M26.

Fidel no estaba solo, a su lado el Comandante Frank País y otro miliciano de pelo rubio, muy joven, con anteojos, conocido como “Ratone”, Jean Paul Cutier, médico de origen francés, residente antes de la guerra revolucionaria en Santiago de Cuba.

El Comandante Castro sabía que los muchachos eran exiliados de la dictadura franquista española, “Isleños”, como siempre han llamado con mucho cariño en el “Cocodrilo verde” a quienes proceden del hermano archipiélago africano.

Tenía curiosidad por conocer las últimas noticias de las islas, de España, sabía que cientos de miles de camaradas habían sido asesinados por la dictadura franquista, muy amiga del criminal Batista, del sanguinario imperio norteamericano.

Los canarios temblaban de frio y se acurrucaron bajo unas raídas mantas de lana, tomaban un pizco de ron que les dieron. Castro los miraba y les hacía gracia su llegada, su inexperiencia, el absoluto desconocimiento de la metodología cotidiana de la guerrilla.

Hablaron largo y tendido de todo lo que había sucedido en Canarias, como los fascistas programaron meses antes del golpe de estado del 36 el brutal genocidio, las miles de personas arrojadas a los pozos, simas y chimeneas volcánicas, los fusilamientos, las fosas comunes, el mar como máximo exponente de la represión contra los militantes de la izquierda, arrojados masivamente al abismo oceánico atados de pies y manos dentro de sacos de plátanos.

Fidel se mostró muy interesado en los motivos del porqué no se habían entregados armas al pueblo, no entendía como se les había dejado tan indefensos ante el odio ancestral de falangistas, militares, guardias civiles y una oligarquía corrupta y criminal, muy parecida a la cubana de aquellos tiempos de dictadura, la que financiaba matanzas de luchadores y luchadoras por la libertad.

Les trajeron un plato de arroz con frijoles, los canarios comieron ávidamente ante la mirada de los Comandantes, sobre las doce de la noche se despidieron, sabiendo que al día siguiente se unirían al destacamento de instrucción en la lucha armada.

El Comandante Castro les dio un abrazo muy fuerte y largo, no se vieron más hasta el día de la victoria, donde solo Ascanio estuvo presente en la triunfante marcha guerrillera, González había muerto en una acción cerca de Santiago seis meses antes de la liberación.

Guillermo cruzó la mirada con Fidel por unos segundos entre la multitud, ambos se sonrieron y parecieron recordar aquella inolvidable noche de noviembre en la oscuridad secreta de la sierra, el comienzo de una aventura infinita repleta de coraje y dignidad, la que solo conocen los pueblos libres.

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Fidel Castro, tercero por la izquierda, conversa con un grupo de guerrilleros en Sierra Maestra. 
Un puñado de combatientes iniciaron allí la guerra de guerrillas que culminaría con su llegada al poder en 1959.

jueves, 1 de diciembre de 2016

El sabor a vino y besos

El jefe provincial de Falange, Juan Vicente Massieu y Tarancón, ordenó que arrodillaran a los siete hombres junto a los acantilados de Los Giles, el cacique tomatero, Ezequiel Betancor, hizo un gesto con la cabeza para que el “Verdugo de Tenoya” azotara violentamente a los reos con la pinga de buey, ya eran dos noches seguidas de torturas brutales, los muchachos temblorosos quedaron en fila ante el rojo cielo del amanecer, Pedro Jorge Martel, el dirigente obrero del norte de Gran Canaria comenzó a escuchar las detonaciones, de reojo vio como Massieu comenzaba a pegar los tiros en la nuca a sus compañeros.

En la semioscuridad sonaban los disparos como truenos que anunciaban el comienzo de una tormenta terrible, veía caer al resto de condenados uno a uno lentamente, parecía como si el tiempo se hubiera detenido entre cada detonación, la sangre se mezclaba con la brisa fresca de aquel verano del 36, en segundos pasó por su mente la vida entera, desde los momentos de la infancia en Juncalillo a los años de estudios en la Universidad de La Laguna, los amoríos con sabor a lluvia, las tardes de vinos en Las Mercedes. El indescifrable fragor de los años y de nuevo la cara maligna del Jefe Massieu asesinando a sus amigos del alma.

Las risas de la “Brigada del amanecer” sonaban en la soledad del inmenso descampado, seguía la juerga, ya iban por cuarta botella, tomaban como posesos ron de caña entre golpes, patadas y bromas pesadas, un ensañamiento antinatural que aquel estudiante del preparatorio de medicina miraba con asombro, comprobaba como muchos de los golpes eran medidos para destruir zonas vitales, para hacer sufrir de forma ilimitada, por eso sabía que los tiros en la nuca causaban una muerte inmediata, menos el disparo a Raúl Tejera, el chico anarquista de quince años, al que le entró por la orbita del ojo izquierdo al girar la cabeza en el último instante, quedando en el suelo entre contracciones y alaridos hasta ser rematado entre burlas y exabruptos por los esbirros de azul.

Pedro tuvo tiempo de mirar el pico Teide envuelto entre nubes de colores, solo fue un instante antes del disparo, prefirió quedarse quieto, sabía que sería mejor, que evitaría sufrimiento, lo inundó la oscuridad de repente, una especie de chasquido y un sonido desconocido, el ruido del silencio universal.

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Cráneo exhumado en Velilla de Jiloca, Zaragoza (Fuente: Crónicas a pie de fosa)

miércoles, 30 de noviembre de 2016

El viaje de la conciencia

No tenía fuerzas para moverse, su cabeza se pegaba al suelo y notaba como todo le daba vueltas, tanto tiempo viendo siempre lo mismo, los toboganes de plástico, el laberinto de heces y pienso, su hija se acercaba y rozaba la cabeza en su naricita, sentía unas cosquillitas que la aliviaban, pero notaba que se marchaba, que la vida se le iba, un mareo, unas ganas de dormir para siempre.

Sintió que soltaba todos los lastres y se abandonaba, el cuerpo no le respondía, solo esa luz blanca, una sensación de paz, ya no era lo que los humanos que miraban la jaula de una hámster, aquella endeble criatura que se fue, sintió una lengua que regocijaba su piel, calorcito y saliva, notó de repente a otros seres como ella, ahora sus genitales eran distintos, tenía más hermanos, todos se arremolinaban sin pelos a las tetas de donde salía la leche caliente, se escuchaban, chillidos, ladridos y ya no le daba miedo, ahora era uno más, luchaba entre aquel olor desconocido por sobrevivir, el hambre atávica le daba la pauta para avanzar, un algo, una nueva existencia con incipientes encías que anunciaban colmillos, otra nueva vida, más sufrimiento, más dolor, más sombras en la noche de los tiempos, inevitable sendero de olores, sensaciones, un paso más en la evolución de la conciencia.

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domingo, 27 de noviembre de 2016

Savia roja en las venas centenarias

Con el corazón roto de tristeza cayó al suelo acribillado a balazos, su sangre regó el suelo arcilloso del bosque de Tamadaba, penetró en la tierra y el viejo pino percibió el líquido rojo en sus profundas raíces. No era como el agua fresca de la escasa lluvia, más bien un abono con vida, notaba su calor, las millones de células que navegaban en aquel fluido atemorizado, todavía impregnado del terror de último momento de la muerte.

Recorrió la savia, subió por el inmenso tronco hasta los lugares más remotos del árbol gigante, sus ramas, los piñones, las acículas, solo tres, lo que lo diferenciaba de otras especies del planeta, además de su resistencia al fuego, el don mágico tras años de evolución en aquella tierra canaria forjada entre volcanes.

El cuerpo del sindicalista galdense de la Federación Obrera, Juan Carlos Domínguez González, fue abandonado por los falangistas, no lo enterraron como hacían habitualmente con todos los asesinados en cualquier fosa, era muy grande la borrachera de ron de caña de los fascistas, venían de Artenara de violar hasta la muerte a las hijas de Luiso Luján, antes de arrojarlo vivo por el acantilado de Punta Faneque.

La digna putrefacción fue acogida por el viejo pino, era como la de otros animales, solo percibió algo distinto en la composición del abono, se notaba que no comía carne cruda, que no se alimentaba de la hierba fresca como las cabras y ovejas que a veces se quedaban inertes sobre la fina hierba, entre las jaras, retamas y el tomillo salvaje endémico de aquel bosque ancestral.

Veinte años después llegaron los taladores del Cabildo presidido por el franquista, Matías Vega Guerra, cortaban con sus hachas los árboles más antiguos para plantar exiguos arbolitos, una labor de limpieza dirigida por hombres bien vestidos que llegaban en coches negros, vehículos parecidos a los que usaban los falangistas para asesinar y desaparecer a miles de hombres y mujeres desde el año 36.

Entre los hacheros venía el que disparó en la nuca del obrero Domínguez, ahora no llevaba uniforme, solo un mono azul, se paró un momento junto al gigantesco tronco, parecía recordar lo sucedido aquella noche del año 37. Se quedó mirando el suelo inundado de vegetación, de flores primaverales, el barro húmedo que un día acogió la sangre inocente.

El falangista dio la orden de talar al gigante que ya crecía cuando los indígenas recorrían los parajes recónditos del territorio insular, los hombres le atravesaron sus entrañas, tardó varias horas en caer, se resistió aferrado a la tierra que tanto amaba, se agarraba con sus profundas raíces hasta que cayó al suelo, generando un estruendo más ruidoso que millones de años de crecimiento de bosques enteros.

Se hizo el silencio, los hombres agotados se sentaron y vieron salir de la solida madera un manantial de savia roja que penetraba la tierra, el aire olía a romero, la niebla subía desde el Valle de San Pedro, convirtiendo aquel pequeño pedazo de la Tierra en un territorio de magia y enraizada memoria.

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Restos del pino (Pinus Canariensis) de Pilancones en la isla de Gran Canaria

viernes, 25 de noviembre de 2016

Nebulosa de ternura

El perro bardino se quedó junto a la vereda de los ciruelos cuando se llevaban a Juan Beltrán, las manos atadas a la espalda con la soga de pitera, rodeado por los falanges y guardias civiles, el animal no entendía que trataran así a quien lo había rescatado cuando el hijo del cacique inglés mataba a sus hermanos, a su madre, a su viejo padre con la pequeña pistola de mango de oro.

Ojos brillantes, nobles, atigrado como su ancestral raza autóctona, la que trajo atravesando el mar el noble pueblo canarii (1) desde la costa africana, desconcertado no sabía que hacer después de la patada que le dio el gordo requeté. El can no se atrevió a seguirlos porque en la habitación estaba postrada en su lecho la niña Aurora, la habían dejado sola, no podía valerse, ni siquiera caminar, sus quince años eran como si tuviera dos, era casi una bebé recién nacida, todavía lloraba porque uno de los falangistas, Fernando de Armas, vecino de San Mateo, le hizo tocamientos mientras sus compañeros de centuria golpeaban a su padre en el patio interior de la humilde vivienda de Cueva Grande.

Vio como metían a Juan en la camioneta, donde también estaban cinco hombres más ensangrentados, sentados en el suelo con la cabeza gacha, eran vecinos de la zona cumbrera de Gran Canaria, amigos de su dueño, agricultores humildes, honrados, que en los años previos al golpe de estado del 36 pertenecían a la Federación Obrera y a la CNT.

Desde que el vehículo partió una inmensa soledad inundó aquel paraje perdido entre los pinos, el perro entró en la vivienda y subió sus patas a la cama de la niña, le lamió primero sus manitas, luego la mejilla, la chiquilla dejó de llorar al instante, esbozó una tímida sonrisa, le encantaba que Atila jugará con ella desde que su padre lo trajo en aquella cestita de mimbre, tan pequeño que hubo que criarlo con un biberón de cristal, leche y gofio era su alimento hasta que empezó a comer las sobras de la comida familiar.

El animal era consciente que la habían dejado allí para que muriera, su instinto le hizo ir a la cocina y llevarle un poco de pan que había en la mesa, pero la niña no sabía comer sola, solo se lo puso junto a la almohada y se quedó mirando con ojos de curiosidad y tristeza.

Así pasaron las horas, los días, la niña se fue muriendo lentamente de inanición, no se quejaba, se entretenía acariciando las orejas de Atila, el le hacía carantoñas, le ponía la pata en su pecho, no dejó de cuidarla hasta que dejó de respirar con los ojos abiertos, en la boca una especie de sonrisa, así la encontró días después María Luisa, la hija de Antonio Jiménez, el pastor de cabras de las Lagunetas.

El perro había desaparecido, al lado de la almohada varios trozos de pan duro, un pájaro muerto, la mitad de un conejo, dos tomates verdes.

Nadie más lo vio, Atila se perdió según decían varias ancianas de la zona rumbo a las cumbres más altas, más allá de los Llanos de la Pez, durante varios años se escucharon aullidos en las noches de luna llena, la brigadilla de guardias de asalto, en su mayoría peninsulares, llegaron a pensar que en esa zona de la isla deambulaban manadas de lobos, pero solo era un noble perro sin fronteras, perdido en los inmensos bosques milenarios, invadido de nostalgia y amor por quienes lo quisieron sin pedirle nada, escondido hasta la muerte en la guarida de las nieves.

(1) Tribu bereber del norte de África

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Hombre ciego dibuja alma de perro (Jonh Bramblitt)

lunes, 21 de noviembre de 2016

Viñeta de amor

Hacía tanto frío de madrugada en la parada de guaguas de Lomo Blanco que los cristales de los coches estaban mojados sin haber llovido. Mercedes se abrigaba mucho la garganta para combatir aquella tos casi crónica, miraba la ventana donde dormía Miriam, su niña de doce años, la imaginaba calentita envuelta en la manta de lana, con la estantería repleta de peluches.

No sabía que la miraba cada día, que la observaba desde el quinto piso con tristeza, viéndola partir calle San José Artesano abajo, la cabeza apoyada en la ventana de la primera “Global” de la mañana para comenzar su dura jornada, aquella rutina cotidiana limpiando las casas de los señores del barrio de Vegueta. La muchacha no podía evitar derramar alguna lágrima contemplando el gran esfuerzo de su madre, aquella lucha titánica para poder pagar en soledad la hipoteca, sus estudios, la escasa comida.

El transporte público partía con dirección a Las Palmas, detrás quedaba como una nebulosa entre el humo y la niebla mañanera, los restos del relente de aquel noviembre de 2016, mientras en la radio sonaba la voz monótona, repelente, del presidente Rajoy, hablaba de “los importantes logros de su gobierno”, de “cómo habían mejorado las condiciones de vida de la población española”. Mercedes escuchaba sin escuchar, casi dormida, tenía mucho frío, cruzaba los brazos apretando su pecho, notaba la flema en sus vías respiratorias, no desaparecía la nausea casi constante, un extraño mareo que le hacía ver lucecitas de colores cuando cerraba los ojos, casi no tenía fuerzas, pero increíblemente las sacaba para ser capaz de levantarse cada mañana y recorrer casi corriendo las cuatro casas que limpiaba, no cotizaba en ninguna, no existía contrato, le pagaban por semana, unos escasos billetes casi siempre de diez euros, ya había decidido no exigir nada, se conformaba con lo que sacaba, solo miraba si era suficiente para cubrir los gastos mensuales.

Su ilusión mayor era llegar antes de las dos de la tarde, recoger a la chiquilla en el Instituto Felo Monzón, le gustaba verla llegar con su sonrisa entre el inmenso tumulto de cientos de estudiantes, el sonido juvenil que le alegraba el alma. Miriam siempre corría a abrazarla, se le enganchaba al cuello y todo eran risas hasta llegar a la exigua vivienda, los días buenos traía algo rico en sus bolsas de plástico, algún pollo asado, las papas con ajo, otras veces, la mayoría se conformaban con el guiso de varios días en la nevera, las lentejas, los garbanzos o el caldo de cilantro receta de la abuela.

Le encantaba ver a la chiquilla estudiar, como devoraba aquellos libros, las buenas notas que sacaba, era su esperanza, sabía que valía la pena seguir luchando hasta el final.

Se les iba el día juntas, aquella tarde llovía, en televisión la nueva ministra Cospedal decía que “ahora todo iría mejor”, que los “populismos no eran la solución”, se acostaron pronto, abrazadas en la vieja cama de los abuelos, Mercedes se durmió enseguida, la tos no se le quitaba, Miriam la miraba, le apartó el pelo cano de la frente para darle un beso.

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jueves, 17 de noviembre de 2016

Amargo jueves con besamanos

A la tercera raya de coca el diputado Borja Manrique de Cubas sintió que el mundo estaba a sus pies, le gustaba mucho como picaba el polvo blanco su amigo de partido José Miguel Oneto, se quedaba ensimismado, no dejaba ni una piedrecilla y cuando esnifaba parecía que aquel néctar amargo le llegaba hasta los lugares más recónditos de su lascivo cerebro, celebraban que el rey había estado en el solemne besamanos refrendando un nuevo gobierno, cuatro años más para seguir robando, repartiéndose el botín de las pensiones de los viejitos, de las ayudas de los enfermos dependientes, de los más de cinco mil niños que según Unicef y Save The Children pasaban hambre en su amada patria.

Ya habían quedado para irse a la selecta casa de putas de la Gran Vía, allí los esperaban varios de sus señorías ansiosos de otra nueva noche de locura, drogas y sexo de pago, antes pasaron por La Almudena a la misa de ocho donde el cura Sedano les guiñó un ojo cuando se tragaron la hostia, España iba bien con el nuevo gobierno, eso pensaron todos a la salida, aunque el nerviosismo, la ansiedad de la farla, les hiciera fingir una inexistente tranquilidad, lo que querían era tomar los coches oficiales, pedirles a sus choferes que los llevaran a toda velocidad al restaurante de cinco tenedores de La Latina, no tenían hambre, la sustancia en la sangre la quitaba, pero había que aparentar, allí podría estar la terrible diminuta vicepresidenta, la nueva ministra de los fascistas ejércitos reales y su marido, conocido ladrón de guante blanco.

“Manri” como lo llamaban en la intimidad genovesa se sintió algo contrariado, ni con el medio gramo que aspiró se le puso la polla dura ante la jovencísima puta senegalesa, siguió esnifando mucho más junto al senador Serrano Suñer de Castilla La Mancha en el reservado del enorme piso del centro de Madrid.

La madrugada siempre era de bajona, daba igual el dinero que tenían en sus cuentas, la coca no saciaba aquellas ganas de quedarse con todo, sabían que existían seres que jamás se rendirían, que esperaban agazapadas ese momento de la historia donde la justicia se hace en las calles, en las plazas abarrotadas, eso les inquietaba en su delirio de sangre envenenada por el polvo adulterado, la resaca de tanto alcohol, la preocupación por mantener el tipo mientras de un garito cerca de Sol salía el antiguo cadenero de Fuerza Nueva, ahora portavoz, no se mantenía en pie, lo ayudaban sus dos policías guardaespaldas a entrar en el auto de lujo.

Madrid aquel jueves parecía engullirlos con aquel cielo tan rojo del amanecer, el miedo de las persecuciones y escraches por la guerra de Iraq los paralizaba, invadía el inmenso resacón, eran conscientes que tarde o temprano sucedería lo mismo, solo era cuestión de meses, quizá de días.

Salieron a todo trapo en sus coches blindados directos a sus viviendas de las afueras con policías armados en los portales, esa noche Manrique soñó con guillotinas y horcas en plazas públicas, dio muchas vueltas en la cama, acabó sentado en la cocina tomando café, fumando rubio, mirando como el techo se movía y el miedo inundaba su desgastada piel perfumada, las narices destrozadas.

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miércoles, 16 de noviembre de 2016

Diego y la luna de sangre

Dentro de la caja de tomates el niño Diego González no había empezado a caminar con cinco años, su madre Lola García le daba los plátanos maduros que tiraban a la basura en la hacienda de los Molina, tenía esperanza de que pudiera andar, de que no se quedara pequeño, que alcanzara una altura al menos parecida a los demás chiquillos de Tamaraceite. Temía que cuando empezará a salir a la calle se burlaran de su discapacidad, de no ser como los demás.

La miseria arrasaba las vidas de las humildes familias del pueblo de San Lorenzo en las medianías de Gran Canaria, trabajos de sol a sol cobrando cantidades ínfimas de dinero, abusos de los terratenientes, un derecho de pernada encubierto bajo amenaza de despido, inexistencia de seguridad social, nula asistencia sanitaria, altos índices de mortalidad infantil, un mundo de tristeza cuya única salida parecía ser la llegada de la República, la esperanza de una sociedad destruida y esclavizada por la criminal oligarquía isleña.

Desde el humilde espacio de la cajita los perros se acercaban a lamer cariñosamente las manos de Diego, lo miraban con instinto protector al ver que sus piernas no respondían, su desnutrición similar a la de los canes callejeros, el hambre generada por una monarquía corrupta que hacía estragos en la colonia de ultramar, muchas familias habían embarcado para Cuba y Argentina, Pancho y Lola habían decidido quedarse, luchar por lo que consideraban suyo, contra aquella represión ancestral que venía de los tiempos del genocidio indígena.

No lo sabían, pero en los próximos años se avecinaban tiempos terribles, en la otra esquina de un verano terrible venía el terror viajando entre nubes negras, Diego vería morir a su hermano Braulio que todavía no había nacido, sería sacado de su cuna con cuatro meses y arrojado contra la pared por los miembros de la “Brigada del amanecer”, sus ojos brillantes de niño hambriento serían testigos directos del asesinato fascista, los meses del campo de concentración cuando iba a ver a su padre, el fatídico día de la noticia del fusilamiento de su padre.

La cajita de tomates fue un universo invisible, un sueño perdido, aquel balcón de la muerte, mirador de la injusticia.

Ochenta años después sigue esperando por recuperar los huesos de su padre, todos le niegan la exhumación de la fosa común del cementerio de Las Palmas, en su casi desmemoria ve como los mismos criminales siguen ejerciendo el corrupto poder, tapando el genocidio, pisoteando los derechos ancestrales de la inminente luna llena, roja de sangre.

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Diego González García (Foto: Carlos Reyes Lima)

martes, 15 de noviembre de 2016

Fosa común cementerio de Las Palmas: Razones para una huelga de hambre

Tantos años de espera para poder abrazar los huesos de nuestros queridos muertos que ya parece que no queda esperanza, décadas enteras desde que aquel triste 29 de marzo de 1937, cuando balas fascistas asesinaros en el campo de tiro de La Isleta a mi abuelo Francisco González Santana, al alcalde comunista de San Lorenzo, Juan Santana Vega y al resto de camaradas y compañeros.

Ese día mi familia comenzó una lucha sin cuartel por dignificar su heroica memoria, para intentar recuperar unos restos arrojados como basura a la fosa común del cementerio de Las Palmas junto a cientos de republicanos fusilados, otros ejecutados a pie de fosa de un tiro en la nuca por falangistas y otros criminales vinculados al sanguinario golpe de estado del General Franco.

Estos 80 años han servido para que estos nombres manchados de sangre salgan a luz del mundo, se conozcan en cada rincón de la conciencia de las personas de bien que han luchado y luchan por un mundo mejor, por la liberación de la clase trabajadora.

Las familias queremos exhumar la fosa común del cementerio de Las Palmas, pero manos negras con nombre de concejal y sus esbirros sin muertos en ninguna fosa lo bloquean, tratan de que no se conozca lo que hay debajo de esa tierra, de esos vertidos, de esa cal viva, que los nombres de los genocidas jamás salgan a la luz, que la verdad siga oculta, pisoteada para siempre.

Se ha llegado a un acuerdo de exhumación con el presidente del Cabildo de Gran Canaria, Antonio Morales, hace escasas semanas, pero el grupo de gobierno del Ayuntamiento capitalino y al parecer también su alcalde Augusto Hidalgo, bloquean cualquier compromiso, que la máxima institución de la isla ejecute y financie la apertura, recuperación, identificación y sepultura digna de las cientos de personas que yacen asesinadas en este agujero del horror y de la muerte.

Eso jamás lo vamos a permitir y por todo ello, de no producirse una solución a esta justa reivindicación, comenzaré una huelga de hambre hasta las últimas consecuencias en la fosa común de este cementerio el domingo 1 de enero de 2017.

Soy consciente del riesgo que conlleva dicha acción, que me jugaré la vida, pero pienso que cualquier iniciativa por las cientos de miles de personas asesinadas y desaparecidas por el franquismo en el estado español lo merece, que seré solo un grano de arena más en esta causa invencible, donde tantas personas de bien dejan los mejores años de su vida por recuperar y dignificar a sus muertos.

“La historia es nuestra y la hacen los pueblos”, dijo el presidente Salvador Allende, antes de ser acribillado por las balas fascistas en septiembre de 1973, este es el momento, el año 2017 comenzará para quienes seguimos creyendo en la democracia y la libertad con una acción histórica, la que seguramente ni ruborizará de vergüenza a quienes ejercen el poder para llenarse los bolsillos, los que entran en política para proteger el honor de los criminales y genocidas, los que solo en esta tierra asesinaron impunemente a más de 5.000 personas inocentes simplemente por pensar diferente, por ejercer su derecho a la defensa de un sistema democrático y de progreso.

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Familiares junto a la fosa común del cementerio de Las Palmas (Foto: Alejandro Ramos)