martes, 19 de septiembre de 2017

El latido del agua

El camión cedido por Pedro Guerra Rosales bajaba de Arucas lentamente sorteando los numerosos baches, los hombres atados se golpeaban unos contra los otros con sus cabezas, las manos a la espalda evitaban que pudieran protegerse, los falangistas de pie los apuntaban con sus pistolas y fusiles, varios requetés iban entre los hombres que iban a ser asesinados, aprovechando para patearlos si hablaban o simplemente levantaban la vista.

El olor a platanera inundaba la brisa mientras pasaban por Santidad a las seis de la mañana, no había nadie en las calles, solo algunos perros que revolvían en la basura, el llanto y los lamentos de alguno de los hombres quebraba el silencio, luego los golpes de los falangistas, entre ellos el guardia Demetrio, con fama de haber torturado y asesinado a cientos de republicanos.

Llegando a Tenoya hicieron una breve parada junto a unos coches negros de donde se bajaron varios uniformados con galones y medallas, entre ellos varios familiares del Conde y la Marquesa, el conocido empresario tabaquero llegaba en un impecable auto inglés con chofer para presenciar la ejecución.

Comenzaba a amanecer y llegaron junto al pozo, eran 24 hombres atados, los arrodillaron y el guardia Demetrio junto al falange Rubio comenzaron a dispararles en la nuca uno a uno, cada uno iba viendo como destrozaban la cabeza al otro, al compañero, al amigo, al hermano, que a su lado caía fulminado entre chorros de sangre.

Los jefes abrieron varias botellas de ron de caña y tinto del monte, brindaron junto a los cadáveres antes de dar la orden de arrojarlos al pozo.

Caían y no se escuchaba nada más que los golpes contra las cortantes paredes hasta golpear el agua del fondo, las risas de los fascistas borrachos amenizaban aquel trocito de genocidio, hasta el cura de San Lorenzo se acercó por si fuera necesario la extremaunción de alguno de los rojos.

Se percibía un olor a tierra mojada mezclado con la fragancia de las flores de agosto, los camiones partieron hacia las fincas del municipio norteño, los coches se quedaron un rato y el grupo de caciques departía alegremente, como si no hubiera sucedido nada, como si aquellos asesinatos fueran parte de la normalidad del nuevo régimen ya implantado en las islas.

Eufemiano Fuentes abrió otra botella de vino, esta vez del municipio tinerfeño de Tacoronte, sacando unas copas de cristal de su vehículo:

-Ahora señores vamos a brindar por la nueva España, por el glorioso Movimiento Nacional, por la Santa Cruzada- dijo alzando el brazo en forma de saludo.

El resto contestaron muy exaltados, hasta el chofer del tabaquero vestido de azul con un parche en el ojo:

-¡Arriba España! ¡Viva Franco y José Antonio Primo de Rivera!-

En el fondo del pozo se escuchaba un leve chapoteo inaudible para los criminales, Antonio Navarro Cruz agonizaba con un tiro en el ojo, trataba de aferrarse en la oscuridad a una vida que ya tenía perdida, vencida, agotada, desde que lo sacaron de su casa en Visvique poco antes de las doce de la noche.

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Restos de asesinados por el franquismo en el pozo del LLano de las Brujas (Arucas)

lunes, 18 de septiembre de 2017

Voces desde el abismo

Desde la montaña sobre la playa de La Laja Mario Acosta vio llegar los camiones de plátanos cargados de hombres, no se escuchaba nada, le llamó la atención el silencio sepulcral de quienes iban a ser arrojados al mar, solo el ruido y el olor del combustible de los vehículos de la muerte.

Comenzaba a amanecer y el joven se quedó agazapado entre los cardones sin mover un músculo, si lo detectaban podría ser terrible, significaría su detención inmediata, torturas brutales y su asesinato.

Observó como llegaban varios coches de lujo con falanges dentro, caras muy conocidas, gente de la oligarquía agrícola isleña, terratenientes, curas, hasta dos hijos de la Marquesa y el Conde que vestidos de azul y pistola al cinto dirigían aquella especie de  “Operación masacre”.

Luego los camiones cargados y un grupo considerable de hombres en un estado lamentable, posiblemente los traían de los centros de detención y tortura de Arenales, Cardones y Alcaravaneras, de los campos de concentración de Las Torres, Gando o La Isleta, también muchos directamente de sus casas con paradas en el camino para golpearlos salvajemente, varias mujeres, pero en su mayoría hombres, entre los tres camiones podría haber como 54 personas.

Desde que se detuvieron los bajaron de los vehículos a golpes, a culatazos, a patadas, varios se quedaron al fondo aferrados al suelo, agarrados a los laterales o a las cuerdas con las que amarraban los productos agrícolas.

Cuando se resistían era mucho peor, subían los falangistas comenzaban a patearlos en la cabeza, en la cara, en el vientre, en sus genitales, hasta que los muchachos que en su mayoría no superaban los treinta años salían arrastrándose como serpientes.

Una vez todos alineados junto al acantilado de La Marfea, procedían a amarrarles los pies y las muñecas con el hilo de pitera, los falanges los introducían a la fuerza en los sacos de plátanos, los hombres se resistían, pero los fascistas los golpeaban, les daban culatazos con los máuser, latigazos con las varas de acebuche o las pingas de buey.

Un montículo de piedras y lajas de playa servía para introducirlas en los sacos con los hombres dentro, su objetivo era que se hundieran rápidamente en el fondo marino, que las fuertes corrientes de esta zona de Gran Canaria los arrastraran mar adentro y no salieran nunca más a la superficie.

Acosta parecía estar soñando, conocía a muchos de los jóvenes, algunos compañeros de reuniones sindicales, taifas y fiestas, identifico a Rosita Travieso la maestra anarquista del barrio de San Juan, se le erizó la piel cuando comenzaron a arrojarlos al abismo, los gritos de las mujeres y hombres, la frialdad de los falangistas, guardias civiles y curas, las risas de los terratenientes que no paraban de tomar ron de caña directamente de las botellas.

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Mujer encontrada  La Floresta (Uruguay), las fotos están acompañadas por un informe que dice que presenta
 "fractura de muñecas, como si hubiera estado colgada de ellas; quemaduras en ambas manos; 
derrame sanguíneo interno provocado por la rotura de vértebras"
 y "zona pubiana, anal y perianal destrozada con objetos punzantes.
Fuente:  Comisión Interamericana de Derechos Humanos

domingo, 17 de septiembre de 2017

Tributo de sal y besos

La marea del norte, siempre tan brava, arrastraba algunos de los cuerpos arrojados al mar, los sacaba a la superficie, parecían volar sobre al olas de El Puertillo como delfines mágicos, eran cuerpos jóvenes de hombres con camisas blancas destrozadas por las torturas y la corriente submarina.

Las vecinas, los vecinos, en su mayoría pescadores, hacían que no veían nada, fingían normalidad, ni siquiera se atrevían a mirar los cadáveres, pero era inevitable fijarse en aquellos ojos abiertos, limpios que parecían mirarles pidiendo algún tipo de explicación, quizá el silencio cómplice, el ocultarse tras las puertas mientras pasaban los camiones repletos de hombres que iban a ser desaparecidos en los múltiples rincones del exterminio.

Pedro Machín Gómez, era uno de los ahogados, todos lo conocían en la costa norte, nacido en Bañaderos pasó su infancia en Tinoca con su abuela Clara, su padre tuvo que partir hacia Cuba huyendo del hambre y el caciquismo isleño a principios del siglo XX.

Cuando lo vieron aparecer flotando tenía medio saco de plátanos anudado a la cintura, las manos sueltas como si hubiera estado luchando, batallando contra las sogas de pitera que le ataban las muñecas y los tobillos, una lucha que llevaría minutos, quizá segundos interminables, desde que lo arrojaron en alta mar casi inmovilizado, molido a palos, en uno de los barcos de los terratenientes agrícolas británicos de esa zona de la isla.

El muchacho era calafateador, un reconocido carpintero de rivera como su padre y su abuelo, además sindicalista de la Federación Obrera, activo luchador en cada huelga en las haciendas de la criminal oligarquía isleña en San Lorenzo, Tamaraceite, Los Giles, Arucas, Moya, Firgas, Guía, Agaete y La Aldea de San Nicolás, ayudaba a los jornaleros para liberarlos de la explotación caciquil, de las jornadas de trabajo de sol a sol, de los abusos sexuales de los mayordomos y encargados sobre las compañeras más jóvenes.

Pedro miraba a la cara de los explotadores, jamás agachaba la cabeza ante las injusticias, incluso en aquellos momentos flotando en la playa de San Felipe parecía seguir luchando sin tregua por los más desfavorecidos, por los explotados de la Tierra.

Nadie se atrevía a recoger su cuerpo que se quedó enredado junto a unas rocas entre maderos y trozos de artes de pescas, algunas nasas viejas y una barquilla atunera que se había hundido en las últimas mareas de El Pino en septiembre del 38.

Juan José Durán Peña, miembro de Falange vecino de Sardina, era el encargado de recoger esos cuerpos que ocasionalmente llegaban a la costa, tenía un palo largo de eucalipto con un gancho en la punta, con esa herramienta los arrastraba hasta la costa, donde esperaban más hombres de azul que los iban amontonando en los camiones del Conde o de los Betancores, a veces hasta más de treinta o cuarenta hombres que olían a salitre y carne descompuesta, para enterrarlos en las numerosas fosas comunes de las tierras norteñas de los terratenientes.

Machín estaba casi desnudo, las cicatrices en la espalda de la tortura, por los brutales golpes ejecutados por el “Verdugo de Tenoya”, que con la pinga de buey destrozaba a los hombres.

Los lugareños comenzaron a acercarse al camión y a persignarse, los falanges formaron un circulo y se echaron manos a las pistolas, pero la gente no se paró, atravesaron el cordón de los fascistas y se agacharon para tocar la frente del muchacho, el pelo negro enredado, su barba de varios días en el centro de detención y tortura de Cardones.

María Rosa Castro le cerró los ojos, los falanges miraban asombrados el cariño que le tenía aquella gente al muerto, se quedaron parados un buen rato, mientras la gente se iba alejando tras besar o tocar al mítico héroe del pueblo.

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Parque de la Memoria, Buenos Aires, Argentina, homenaje al joven
de 14 años Pablo Míguez, desaparecido por los militares en el Río de La Plata.

Diego resiste el embate de la desmemoria

Solo hay dos cosas que Diego recuerda nitidamente, que ni siquiera las nubes negras de la desmemoria le pueden destruir: Su hermano Braulio González García, asesinado por los fascistas en su cuna el 24 de diciembre de 1936 a las doce de la noche y a su nieta Famara, quizá lo que más ha querido y quiere en su vida.

Cuando alguien visita la humilde casa de Diego es de lo primero que le habla, de su hermano, de su nieta, no lo olvida, no puede, es lo que lo mantiene en la Tierra, se aferra luchando contra la demencia senil, hay espacios en su mente forjados desde los parámetros desconocidos del amor eterno, ese espacio de ternura que nunca desaparece pase lo que pase.

Cualquier amigo, cualquier periodista, cualquier persona que venga a su casa conocerá su historia, la historia de su hermano de cuatro meses arrojado de cabeza contra la pared por un miembro de la criminal y falangista “Brigada del amanecer”, el recuerdo infinito y tierno de su nieta, no se olvida, no quiere olvidar, se resiste a pesar el embate de los años, ya casi 92, un cerebro afectado por este mal que transforma, que cambia, que destruye lo más maravilloso que podemos tener en nuestras almas: Los recuerdos.

Se le ve desde muy temprano atareado en el jardín, rodeado de árboles, de la araucaria gigante, de la higuera centenaria, de las plataneras a punto de parir sus racimos inmensos, hace cada día lo mismo, abre el buzón, busca las cartas sin remite como si esperara algún regreso, algún reencuentro, mira a los perros, recoge la hojas, se enreda entre la tierra volcánica, la misma que lo vio nacer en Tamaraceite un noviembre lluvioso, se para por un momento ante la foto de su padre, Francisco González Santana, fusilado por los fascistas el 29 de marzo del 37, parece mirarle a los ojos, algo extraño, como si lograra comunicarse, como si escuchara su acento canario, recordar cuando era un pequeño niño con dificultades para crecer por el hambre, como si en su boca se recuperara el sabor de las golosinas que le traía Pancho “La Mahoma”, el comunista asesinado, las caminatas por la montaña de San Gregorio mirando el mágico espectáculo de los podencos cazando, buscando el rastro de los conejos de abril.

Por un momento lo observo y se queda mirando a los pájaros, me pregunta cuando me ve por la fosa común:

-¿Por fin sacan los huesos de mi padre?- A mi ya me da vergüenza ajena contestarle, busco alguna evasiva que lo tranquilice, tampoco entiendo que políticos indecentes que ganan sueldazos no hayan facilitado algo tan justo, tan noble, tan lógico, como haber exhumado ya esa fosa común del cementerio de Las Palmas, donde no solo reposa mi abuelo, sino cientos de fusilados, acribillados, ejecutados con tiros en la nuca por defender la democracia y la libertad.

Lo veo partir lentamente, quizá me vaya yo antes, no lo sé, pero él ya es consciente del escaso margen de vida que le queda, que cualquier achaque lo llevará a la nada, al silencio de la noche eterna, amasa con sus manos el viejo álbum de fotos, las imágenes de su pasado, la nietilla agarrada de sus dedos en el patio de los helechos rodeada de perras y perros nobles, tiempos felices de risas infantiles, el pequeño viaje a Tenerife de la humilde luna de miel, las avenidas arboladas de La Laguna, el cúmulo de recuerdos, los rostros lejanos de tantos familiares muertos, tantos amigos, hasta los del Sporting de San José donde fue veloz extremo derecho, los niños y la monjas de la Casa del Niño donde lo internaron junto a su hermano tras asesinar a su padre.

Diego se resiste, ejecuta cada día ese inmenso ritual de seguir vivo, de esperar el abrazo de lo que más quiere antes de partir, se aferra, no al pasado, porque no lo recuerda, sino a la dignidad, al sueño remoto, a la música que reposa en alguna parte de su sordera, las banderas lejanas, la prueba de ADN, el dolor, la muerte, las lágrimas, la desesperación, el brutal camino de la injusticia.

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Diego, Famara, Lola y el histórico luchador social Domingo Valencia
durante el rodaje del documental "La Memoria Interior" de Reyes Lima

sábado, 16 de septiembre de 2017

Amor maternal entre el averno

Aquella tristeza era tan grande que daba igual que la fusilaran, que el paredón lo integraran hombres temblorosos, casi abriles lluviosos, como si el estruendo de los disparos no fuera más que una ayuda para liberar el dolor inmenso.

Eso pensaba Lola Andueza Ramírez, cuando la sacaron del prostíbulo en la mayordomía de El Conde de la Vega en la vieja hacienda de Pajonales, cansada de las brutales aberraciones sexuales de los falanges de San Bartolomé de Tirajana, Santa Lucía, Ingenio, Carrizal y Telde, con el cuerpo quebrado por los abusos y la tortura, ya todo le daba igual, la empujaban, la golpeaban, la pateaban, todavía en su sexo y su ano la sangría de las violaciones masivas de los falanges, pero la valiente Dolores seguía adelante con la cabeza siempre alta, el fusilamiento sin consejo de guerra, ella sabía que a las mujeres nos las juzgaban tribunales de militares criminales, que la muerte era directa, que jamás se visibilizaba el crimen femenino, que se ocultaba por la absurda moral católica, aunque los curas eran los primeros en acusar para que las asesinaran.

El coche cedido por la Condesa, el que usaba para sus traslados a la mansión de Jinámar, lo había cedido con orgullo para la matanza de rojos, allí llevaban a Lola y a dos hombres masacrados, ambos sangraban por nariz y boca, el anarquista de la CNT, Tito Hernández, conocido futbolista y centrocampista del Marino FC, junto a Mario Calcine, escultor joven, de menos de quince años de la escuela del pintor Felo Monzón Grau Bassas y afiliados a la JSU, el auto avanzaba a gran velocidad por la pista de tierra hacia la montaña de Tauro, donde existía un cementerio aborigen, los restos del otro genocidio de la conquista castellana.

La muchacha con ojos enrojecidos, azules como el cielo de agosto miraba el recorrido, los pinos, algunos centenarios, el olor a retama, a tierra africana, no se venia abajo, aún sabiendo que lo que le esperaba era el inevitable tiro en la nuca, la fosa común en algún lugar perdido de la montaña sagrada, donde las aguilillas ejercían su atávico ritual entre el abismo y el viento del sur.

Por unos instantes entre los brutales pellizcos de los sicarios fascistas en sus muslos, recordó la noche de amor con Julio Zamora, el joven maestro comunista de Ayacata, cuando subieron hasta Los Llanos de la Pez y se amaron sin condiciones entre la brisa, la niebla que inundaba aquel diciembre del 35, la nebulosa trémula y republicana tras el triunfo de la esperanza, los besos, el sabor de unos labios que no querían separarse jamás, dos cuerpos unidos, dos almas reencontradas tras el paso de los siglos, que se reconocían en cada mirada, en cada caricia, entre los susurros y jadeos bajo la noche estrellada.

El vehículo se detuvo bruscamente en una curva y se adentró por una pista con muchos baches rodeada de tabaibas gigantes, recorrió unos cuantos kilómetros en un paraje desconocido, en el asiento delantero los falanges se pasaban las botellas de ron de caña y Alfonso Corujo requeté majorero dijo:

-Esta puta roja está tan violada y jodida que ya tiene el sucio conejo como un bebedero de pollos, habrá que matarla sin disfrutarla-

Sacaron a la mujer y a los dos hombres atados y los pusieron de rodillas ante un agujero volcánico minúsculo, el lugar donde los cazadores de Fataga tiraban a los podencos que no cazaban, Mario Calcine dio varios vivas a la República, el futbolista callaba, pero si miraba a la cara de los asesinos, no decía nada, hablaba con sus ojos marrones, sin miedo, como si estuviera en una de las finales del Campo España contra el Real Club Victoria.

Dolores sintió la fuerza indomable de los dos hombres heroicos, de sus entrañas le salía un amor maternal, invencible. Sentía ganas de acurrucarlos en sus brazos, que todo aquello fuera una horrible pesadilla, que pudiera mimarlos como sus niños, los hijos que jamás tendría.

Alfonso Trujillo Bordón, el guardia civil de Ingenio, al grito de ¡Fuego! del jefe falangista Eustasio Padrón Novo, disparó en sus nucas sin mediar palabra, una detonación que no parecía que saliera del cañón de una pistola, más bien el graznido de una siniestra ave del averno.

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De “El huevo de la serpiente” – © Carlos Bosch

viernes, 15 de septiembre de 2017

Vientos de masacre

La Montañeta de Tamaraceite se vio inundada en menos de media hora de cientos de falangistas, uno en cada esquina armados con máusers y pistolas Astra 400 de 9 mm corto, las ventanas y puertas de cada casa cerradas a cal y canto, mientras los fascistas esperaban ordenes del lujoso coche negro que estaba aparcado delante de la Casa Consistorial en la vieja Carretera General.

Junto a La Cruz había ya doce hombres detenido, les amarraban las manos a la espalda con la soga de pitera, las muñecas tan apretadas que se les cortaba la circulación de la sangre, del coche se bajó un hombre vestido de negro, bigote fino y un brazalete con el escudo de Falange, por la otra puerta el hijo del Conde y el conocido empresario apellidado Fuentes.

El hombre de negro terrateniente de Firgas de apellido Guerra encendió un habano con un mechero de gasolina y se cruzó de brazos, formando un pequeño corro con los otros dos fascistas:

-La clave es barrer de arriba pa bajo casa por casa, en mi lista tengo como treinta rojos de los que hay que matar sobre la marcha, las direcciones ya las tienen los guardias Pernía, Santos y el Falange Paco Bravo- dijo con sorna el joven Borja miembro de la nobleza isleña.

-Las mujeres jóvenes hijas o nietas de los detenidos me las ponen aparte en el camión del mayordomo de la marquesa- comentó el empresario tabaquero con una media sonrisa.

Los tres entraron en la sede municipal del ayuntamiento de San Lorenzo que estaba repleta de hombres armados, bajaron al calabozo conocido como “El Cuartelillo”, allí estaba en alcalde comunista Juan Santana Vega con una herida abierta en la cabeza, junto a más de cuarenta hombres, todos hacinados en un espacio donde apenas podían moverse asfixiados por el calor.

En el suelo un señor mayor estaba desvanecido, aparentemente muerto, también varios niños de no más de quince años que se aferraban a la reja pidiendo agua:

-A todos estos hay “que darles café” por la vía rápida desde que venga el camión de Verdugo, unos pa la Sima Jinámar, otros pa los pozos de Tenoya y Arucas y los cabecillas al consejo de guerra en el cuartel de La Isleta- dijo entre risas el cacique Guerra con su traje negro ajustado mientras daba una calada al cigarro cubano.

De la zona alta de Tamaraceite bajaban cientos de hombres y mujeres atados entre golpes, patadas, puñetazos, latigazos con las varas de acebuche y las pingas de buey, el espectáculo era dantesco, parecía una procesión de la muerte, dejaban un reguero de sangre, mientras avanzaban y bajaban por la calle de la sede Falange, hasta los cinco camiones que esperaban en las fincas agrícolas de Las Casas de Abajo, cedidas por los Cabrera y los Naranjo para clasificar cada asesinato, colaborar activamente con el genocidio.

El grupo de reos llegaban destrozados a los vehículos de la muerte, los metían a patadas, quien se atrevía a mirar a la cara de los falanges le golpeaban en la cabeza con las culatas de los fusiles, tenían que ir con las cabezas gachas, mirando al suelo, estaba prohibido girar la cara, mirar a los lados, hablar con los compañeros, pronunciar palabra, incluso hasta gemir de dolor:

-Este trabajo está hecho dijo el jefe de acción social de Falange con su impecable traje negro, vamos un rato a la casa de Julita, allí hay buenas putas y bebida gratis-

El tabaquero dio instrucciones a los falangistas encargados del camión de las mujeres:

-Directas pa la hacienda de la Marquesa en Moya, yo me acerco esta noche con el grupo de amigos, que estén limpias, encadenadas como perras y bien puestas que tenemos "fiesta"-

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jueves, 14 de septiembre de 2017

Y en aquel torrente de fuego

La cal viva la trajeron ese 25 de abril del 37 en camiones de los caciques agrícolas apellidados Naranjo, cuyas propiedades estaban en la zona de Tamaraceite y San Lorenzo. Los vehículos que entraban marcha atrás al cementerio de Vegueta directos a la fosa común, que a esa hora del día ya había recibido los cuerpos de los militares republicanos de Sidi Ifni, más de 40 soldados, suboficiales y oficiales acribillados a balazos en el campo de tiro de La Isleta.

En un extremo cerca del muro más cercano al mar había un grupo de unos cincuenta hombres atados de dos en dos con cadenas en el cuello, tan apretadas que casi no podían respirar, allí estaban, rodeados de los falanges, que armados con los máuser les apuntaban a la cabeza esperando la orden de fuego del capitán Samper.

La cal caía sobre los cuerpos ensangrentados y los volvía blancos, parecían ángeles, si es que puede existir un concepto de ángel, una imagen de ángel, quizá de santa inocencia.

Aquella sangre absolvía el polvo, la volvía roja en algunos cuerpos, había varios hombres y una mujer que tenían contracciones, estaban vivos, posiblemente había fallado el tiro en la nuca a pie de fosa, se lo habían dado en un lugar de la cabeza donde la muerte no era instantánea.

El jefe falangista del barrio San Roque, Cristóbal Pérez del Rosario, junto al condecorado requeté, Antonio González Cruz, ordenaron que no los remataran “que era mucho mejor enterrarlos vivos”:

-No gastemos más balas en esta escoria marxista- dijeron mostrando sus dientes sucios y amarillentos, justo cuando entraba un nuevo camión cargado de cuerpos, más de veinte, eran los que acababan de fusilar en La Isleta aquella tarde, los que venían en el famoso “Camión de la carne”, dejando un reguero de sangre de un extremo a otro de la ciudad.

Samper pidió a los falanges en un contundente grito militar que “cargaran armas”, los hombres arrodillados a la fuerza, algunos lloraban, otros pedían por sus hijos y esposas, otros daban vivas a la República, a la libertad, a la clase trabajadora, hasta que un estruendo acalló todas aquellas voces, los pájaros que en ese momento cantaban en los laureles de indias salieron volando a toda velocidad hacia el palmeral junto a la playa de Triana, la sangre manaba de las cabezas destrozadas como torrentes, mientra Don Juan el cura de Telde pistola al cinto iba dando la extremaunción, a la vez que el tiro de gracia en la sien a quienes todavía movían alguna de sus extremidades:

-En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, quede extinguido en ti todo poder del diablo por la imposición de nuestras manos y por la invocación de todos los Santos, Ángeles, arcángeles, patriarcas, Profetas, Apóstoles, Mártires, Confesores, Vírgenes y de todos los Santos juntos. Amén- Oraba el cura con la sotana remangada manchada de sangre, se movía entre los cuerpos como si hubiera hecho ese trabajo durante toda su vida, con la pistola cargada, humeante, dispuesta a descargarla en la cabeza de quien diera evidencias de quedarle un halo de vida.

Luego el párroco pistolero hizo una especie de reverencia a la nada, con las manos hacia el cielo invocó en un canto que sonaba ridículo entre aquella terrorífica y dantesca escena de muerte y genocidio:

-Oremos. Te rogamos Señor mires con benignidad a tu siervo que desfallece en esta humilde morada del cementerio de Las Palmas, que desfallece con la enfermedad del cuerpo, y fortalece al alma que creaste; para que enmendada por los castigos, reconozca que ha sido por tu gracia. Por Cristo nuestro señor. Amén.-

La numerosa turba fascista, entre tricornios y tipos vestidos de azul con correajes, se persignaba a cada palabra del cura, arrodillados miraban a los cientos de asesinados, solo Pedro Amador y Justo Cubas, se morían de risa tras uno de los panteones, disfrutando de una de las botellas de las numerosas cajas de ron de caña que tenían preparadas para después de las ejecuciones.

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Sueño y mentira de Franco (Pablo Picasso, 1937)

Amargo abismo

Recorriendo el puente en plena madrugada Carlos Araña miraba al vacío con la notificación del juzgado en el bolsillo trasero de los vaqueros, abajo se veían pequeñas luces de las viviendas del barranco de Tenoya, parecían pequeñas hogueras que tintineaban con el polvo africano en suspensión, no se le quitaba de la mente el rostro de los chiquillos, imaginó que dormían en la misma cama serenos, soñando con juegos y fantasías infantiles indefinibles:

-Alquilar esa casa en el Lomo de los Frailes fue un error- pensaba –Sabía que este asesino iba a engañarme, lo sabía, pero uno siempre vuelve a equivocarse, siempre supe quien era su padre, como masacró y desapareció a decenas de vecinos de Tamaraceite desde el golpe de estado del 36-

Desde un principio Carlos recordaba que el usurero pasaba por su hogar, sobre todo cuando el joven estaba trabajando y se le insinuaba a su mujer, tocaba el timbre a cualquier hora, incluso avanzada la noche para revisar con cualquier excusa los contadores del agua o de la luz, hasta les prohibió utilizar un patio trasero para que los niños jugaran, alegando que podían deteriorar cuatro plantas medio secas en unos macetones viejos y medio rotos.

Se detuvo un instante mirando al abismo, “ya no había nada que perder” sonaba en su cabeza una y otra vez, las voces que empezó a escuchar desde la mañana que llegó la citación judicial con la denuncia del propietario, el policía judicial lo trató muy mal, lo miró como si fuera un delincuente, cuando lo único que había sucedido es que se había quedado en paro, que no pudo pagar ocho alquileres, pendiente de la ayuda del Servicio Municipal de Vivienda que se eternizaba en el tiempo y le ponían todo tipo de trabas.

Las voces le hablaban de que lo mejor era desaparecer, la caída sería rápida, antes de llegar al suelo solo pasarían unos segundos, luego la nada, el silencio, la oscuridad, no había Dios, no había nada, nada más que la anulación de la deuda, que su mujer podría vivir con su madre, que los niños estarían bien cuidados, que este hijo de puta se quedaría sin su dinero, que no podría seguir presionándolo, esquilmándolo, pidiéndole favores sexuales a su esposa a cambio de la anulación de parte de la deuda.

Recordó las historias de su abuelo sobre el fascista propietario de medio pueblo, Fernando Naranjo, los guardia, Pernía y Santos, el jefe falange conocido como “Cojo Acosta” se dedicaron a ir casa por casa deteniendo mujeres y hombres, llevándoles al centro de detención y tortura de la Carretera General, “el cuartelillo” en los sótanos de la casa consistorial del ayuntamiento de San Lorenzo, donde torturaban a los hombres y violaban a las mujeres.

Carlos Araña se subió a la repisa del puente, los coches tocaban la bocina, incluso pasaron un grupo de jóvenes borrachos en un vehículo tuneado que le gritaron con tono burlón “¡Tírate ya maricona!

Respiró hondo, por un instante sintió una paz que jamás había sentido, se quedó paralizado, miraba al horizonte y se veían las luces del sur de Tenerife, los coches por la autopista a la altura de Güimar.

Parecía que el tiempo se hubiera detenido y un viento fuerte le enredó los pensamientos, la melena y su barba formaban parte del mismo remolino de pelos y sueños, lentamente se bajó de la valla, varios coches estaban detenidos con personas grabando con los móviles el frustrado suicidio, algunos tipos parecían lamentarse de que no se hubiera tirado.

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miércoles, 13 de septiembre de 2017

El encuentro

Cuando se tropezó en la Avenida de Las Canteras con el jefe falangista apellidado Samper la piel se le erizó, el viejo lo miró y trato de agachar las cabeza, llevaba gafas negras, chaqueta y corbata y el grasiento pelo peinado hacia atrás con gomina, Manuel Romero lo miró fijamente, no le quitaba la vista y el fascista acompañado por su nieto de unos quince años, se fue hacia la valla del paseo, se le notaba el corazón acelerado y la cara pálida:

-¿Abuelo que te pasa? Dijo el muchacho al ver el rostro amarillento de su abuelo.

Por la mente de Manuel pasaron en unos segundos como una película a la velocidad de la luz miles de escenas, las mujeres atadas en la lúgubre habitación del centro de detención de la calle Luis Antúnez, sus piernas abiertas, encadenadas por donde iban pasando los falanges, guardias civiles y curas uno a uno para violarlas, muchachas muy jóvenes hijas y nietas de los asesinados y desaparecidos, incluso niñas menores de diez años, la fila de fascistas borrachos solía ser interminable, Samper dirigía según decía entre chascarrillos “la sección femenina del centro de tortura”.

Romero fue testigo de todo tras pasar quince días colgado por las muñecas en el techo del siniestro recinto entre golpes, patadas y corriente eléctrica en sus genitales, nunca supo como pudo resistir aquello, el no haber muerto como cientos de sus compañeros que no pudieron aguantar las terribles aberraciones.

Recordó en aquellos minutos mientras el falangista Samper parecía intentar coger aire mirando el mar de la Playa de Las Canteras las mujeres que llegaban en los coches negros, atadas con las manos a la espalda, el recibimiento por parte de los jefes falangistas que consistía en desnudarlas a golpes, destrozarle los vestidos y atarlas en “los colchones del folleteo”, como solían llamarle aquellas bestias inmundas a ese espacio del horror.

El fascista se sentó en un banco del paseo con el nieto, el muchacho le daba aire con un pañuelo, parecía que le faltaba aire, sus 92 años no le ayudaban y el parkinson le agudizaba los temblores.

Manuel se les acercó pausadamente:

-¿Necesita algo jefe? Le dijo con una media sonrisa.

El nieto lo miró, tenía ese aspecto de los niños ricos, rubio, ojos azules, seguramente hijo de los muchos niños y niñas que Samper robó en el hospital de San Martín de Las Palmas, el viejo seguía con la cabeza agachada, Manuel no le quitaba la vista:

-¿Te acuerdas asesino de todo el daño que hiciste?

Samper no levantaba la vista en su crisis nerviosa.

Manuel Romero recordó cuando lo descolgaron tras las dos semanas de torturas y estuvo dormido sobre un saco de plátanos tres días seguidos agonizando, como al recuperarse le encargaron durante un año entero de la limpieza de la sangre, las vísceras, los orines y excrementos de las cámaras de tortura.

En ese tiempo recibía ordenes de Samper, de Eufemiano Fuentes, de Rubio Guerra, de varios de los hermanos Rosales, los hermanos Padrón N. y de otros jefes falangistas, los que se encargaban de la masacre en el inmundo edificio junto a la Playa de Las Canteras.

Como limpiador obligado sopena de ser asesinado vio de todo, las brutales aberraciones, a quienes ahorcaron, a quienes colgaron por los ojos en los afilados anzuelos gigantes colgados del techo, las violaciones múltiples de mujeres de todas las edades, las torturas infantiles delante de madres y padres detenidos para que cantaran, para que viendo sufrir a sus hijos delataran a los compañeros escondidos en cualquier punto de la isla.

Manuel le puso la mano en el hombro a Samper:

-Mírame hombre, no voy a hacerte nada, solo quiero que sepas que estoy vivo y que jamás te perdonaré-

El nieto y el viejo partieron hacia la calle Padre Cueto, se adentraron en el laberinto de gente que iba y venía de la playa, Manuel se quedó en el paseo mirándolos, contemplando el ocaso de uno de los mayores asesinos que había conocido.

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martes, 12 de septiembre de 2017

Inocencia trémula

Entre la cabras y ovejas Gustavo Luján se encontraba a gusto, recorría las montañas de La Aldea de San Nicolás y Artenara en verano y bajaba a las medianías de la isla en invierto, se adentraba en los barrancos verdes por la abundante lluvia de Teror, Arucas, Firgas, Moya, Tamaraceite, San Lorenzo y pasaba la noche en cualquier cueva, bebía el agua de los manantiales y para alimentarse le bastaba con el gofio y la leche escaldada o el queso, que el mismo preparaba cuando encontraba el lugar adecuado.

Su vida era contemplativa y no sabía nada de lo que estaba sucediendo en aquellos años tras el golpe de estado del 36, se encontraba hombres demacrados por aquellos remotos parajes, hombres que huían desesperados, otros que los perseguían uniformados con tricornios o ropas azules armados hasta los dientes.

Le preguntaban por donde habían ido los perseguidos y el trataba de no dar información o les mentía y les daba pistas falsas, le molestaba que maltrataran, que asesinaran, se encontraba cuerpos colgados en los riscos que recorría con su garrote de salto, cuerpos hecho trizas que eran arrojados por aquellos seres del mal al vacío de los acantilados, a la profundidad de cualquier agujero volcánico.

Una tarde un grupo de falanges encabezado por el teldense Esteban Santana lo retuvieron, lo interrogaron, lo golpearon sin venir a cuento, el les decía que no sabía nada, que no estaba metido en nada, que su vida era el ganado, que hacía años que no se acercaba a ningún pueblo, pero lo zarandearon, le preguntaban por los grupos de evadidos que surcaban las montañas escapando de la muerte, el no sabía, no podía informarles, se los cruzaba en los caminos perdidos de la isla de Gran Canaria, algunos lo saludaban y le pedían agua o comida, el nunca se negaba ¿Cómo se le puede negar el agua o algo de comer a cualquier cristiano? pensaba, pero eso le costó aquel momento terrible, cuando el jefe falangista ordenó que mataran las cabras y ovejas, que las acribillaran a balazos, el corría tratando de evitar la masacre ante las risas de los fascistas, pero no quedó sino una pequeña baifa (1) vivo que balaba llamando a su madre.

El pastor lo acurrucó en sus brazos entre llantos desesperados y trato de correr hacia el profundo barranco, pero el falangista Santiago Peláez le disparó en una pierna con el máuser, Esteban cayó rodando por una ladera repleta de cardones en el barranco de Chanica, cerca de La Milagrosa en el municipio de San Lorenzo:

-Yo no he hecho nada, yo no he hecho nada- gritaba mientras los falanges lo rodeaban y el policía Juan Santo le pisaba la cabeza contra el suelo y no podía respirar.

La sangre brotaba a borbotones de su muslo derecho, la hemorragia no se cortaba:

-Yo solo quiero a mis cabras, a mis ovejas que me las mataron hijos de puta, me han arruinado mi vida-

El teniente de la guardia civil zaragozano Antonio Ferreiro le puso una pistola en la sien, el pastor no le quitó la vista, hasta que el miembro de la benemérita apretó el gatillo y le destrozó la cabeza.

La baifita corrió desesperado hacia su madre muerta, se aferró a su teta ya seca, comenzó un intento desesperado por extraer la leche calentita que lo mantenía en la vida.

(1) Baifa; cría de la cabra en lengua aborígen canaria.

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Cabrero con lanza (Foto de Talio Noda)