domingo, 22 de octubre de 2017

El guardián de la memoria

-Que bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas, debajo de esas dos cejas, que bonitos ojos tienes, ellos me quieren mirar, ellos me quieren mirar, pero si tu no los dejas ni siquiera parpadear...- Cantaba Manuel López en los escasos momentos de tranquilidad del campo de concentración de Gando.

El resto de compañeros lo acompañaban haciendo palmas con sus manos desnutridas, casi huesos, triste canción entre la desolación de aquel espacio para la tortura y el exterminio, entre ellos Roberto Rubio, abogado tinerfeño que llevaba internado cinco años.

El letrado socialista y miembro de la UGT, había visto sacar a cientos de hombres que nunca volvió a ver, se los llevaban de madrugada, cuando llegaban los coches y los camiones de las Brigadas del Amanecer, grupos de falangistas, en su mayoría miembros de la oligarquía isleña, acompañados de siniestros sicarios que les hacían el trabajo sucio de torturar y asesinar.

En una libreta pequeña que llevaba escondida en sus genitales anotaba los nombres de los que sacaban, eran muchos hombres de todas las edades, de todas las profesiones, jornaleros, albañiles, maestros, médicos, funcionarios, oficinistas, deportistas de renombre, sobre todo del fútbol y la lucha canaria.

Allí no había restricción desde el día que los trajeron a todos desde el campo de La Isleta, en aquel terrible viaje por barco bordeando la isla durante tres horas, las horrendas condiciones en las bodegas del correillo, más de dos mil hombres hacinados, encadenados, otros atados con las manos a la espalda, los vómitos por los mareos, las heces provocadas por el miedo a la muerte en una diarrea constante, el pestilente olor que todavía tenía metido en lo más profundo de sus narices.

A Roberto le partieron el tabique nasal cuando se llevaron al doctor Monasterio y se quejó al teniente Lázaro, la amistad que los unía era muy grande, sabía que si se lo llevaban a la península lo iban a matar con total seguridad, el largo abrazo de los dos en la entrada del cuarto barracón, los golpes de los cabos de vara, de los falanges, para disolver el pequeño conato de cariño hacia el conocido como “médico de los pobres”.

No se supo nunca quien trajo aquella guitarra española que tocaba el rubio López entonando sus boleros, tangos y canciones canarias, el caso es que de alguna forma casi mágica allí estaba el instrumento, que sonaba en los momentos más tristes, entre el hambre, las epidemias, la muerte, los malos tratos, la comida en mal estado, las ratas gigantes, las cucarachas y las pésimas condiciones higiénicas.

Entre aquel horror siempre había un espacio para la música, para las inolvidables letras que les recordaban a los presos aquellos tiempos del amor, de la libertad, de la República, de la esperanza de un mundo mejor:

-Adiós muchachos, compañeros de mi vida, Barra querida de aquellos tiempos- sonaba en el rincón oscuro, allí donde casi nunca llegaban los verdugos, donde iban a morir los enfermos sin que les siguieran pegando con las varas de acebuche, con la pingas de buey, con las porras de madera de los guardias del campo. Allí podían sonar en los pocos instantes de descanso las canciones de Manolo “El isletero”, siempre risueño que levantaba la moral de los camaradas encarcelados.

Una tarde de lluvia, después de los trabajo forzados, el jefe falangista apellidado Cambreleng de Berlaimont lo vio anotando en su libreta, Roberto no tuvo tiempo de deshacerse de ella y el fascista se la arrebató, dándole un fuerte golpe en la cabeza con una barra de hierro, el cacique pidió que lo ataran al palo de la bandera entre varios uniformados, la libreta pasó de mano en mano por todos los mandos del campo, que vieron el peligro que suponía que se supiera a cuantos hombres habían desaparecido por toda la isla, una lista interminable donde estaba reflejado el día, la hora en que se los llevaban, la procedencia de cada uno, su lugar de nacimiento, su profesión, la organización política o sindical a la que pertenecían, incluso los nombres de los que integraban la brigada de asesinos de cada una de las madrugadas.

Al día siguiente, cuando el resto de compañeros salieron a las seis de la mañana a picar piedra en la cantera junto a la playa, Roberto ya no estaba, todos miraron la base del palo de la bandera rojigualda con el aguilucho fascista, el abogado había desaparecido, por un momento los hombres pararon mientras los cabos de vara los seguían golpeando, no se movieron durante unos treinta segundos, como paralizados, congelados, a pesar la violencia inusitada de los sicarios, era su pequeño homenaje a un hombre bueno, al guardián de la memoria.

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Campo de concentración de El Lazareto de Gando (Gran Canaria)

En la inmensa estepa de los corazones libres

Avanzábamos por la selva hacia el río Pilcomayo y varias de sus comunidades Wichi, casi tres horas por una pista de tierra en un todoterreno, otra herida en aquella foresta casi virgen, producida por las madereras foráneas que explotaban esta zona maravillosa de la Argentina.

Uno de los antropólogos de Salta y Jujuy que nos acompañaban en aquellos comienzos de 2000, junto a mi compañera de Survival, me comentó que cuando pasáramos el primer control de la Gendarmería dijera que yo era pastor evangélico, que ni de broma hicieramos alusión a que pertenecíamos a una organización por la defensa de los pueblos indígenas, que podía ser muy peligroso porque eran tipos muy violentos, que recurrían con facilidad a las detenciones arbitrarias, a la tortura, a las desapariciones, como ya hicieron junto a los militares en la dictadura que había desaparecido a 30.000 personas.

Llegamos al puesto de los gendarmes y salieron dos hombres, uno muy pequeño con bigote negro fino, el otro muy alto, tomando mate, caminaron hacia el auto como si le pesaran las piernas, el de menos estatura se rascaba la cabeza a través de su gorro policial, ambos llevaban pistolas al cinto y dos fusiles colgados al hombro.

Tuvimos que bajar del vehículo y nos pidieron la documentación, las miraron mucho rato, como si les costara leer o quizá no supieran, el alto se me quedó mirando, posiblemente al verme un aspecto extraño, medio hippie:

-¿Vos sos gallego? ¿A qué venís a las comunidades?- dijo como si le costará hablar, arrastraba cada palabra como si le pesaran cientos de kilos.

Yo le aclaré que era canario y pastor, que venía a conocer el trabajo en la misión de evangelización. El guardia se me quedó mirando unos instantes con indolencia, se fijaba en mi barba, en mi vestimenta, afortunadamente no llevaba la camiseta del día anterior con una imagen de Camilo Cienfuegos en la Sierra Maestra, aunque quizá no hubiera sabido quien era aquel barbudo montado a caballo.

-Pueden seguir- dijo el más bajito y se quedaron viendo como salíamos, yo iba en el asiento de atrás y los miré volviendo la cabeza, allí estaban, no se movían, seguían observando como nos alejábamos, parecían dos estatuas de uniforme, heladas, paralizadas, como si el tiempo se hubiera detenido durante siglos.

En la comunidad vimos situaciones muy tristes, la venta de alcohol puro por parte de los colonos a los pueblos originarios, distribuidos en los asentamientos desde siniestros bares-chozas, la prostitución de niñas indígenas, la progresiva deforestación, la contaminación con mercurio de su fuente de vida el Pilcomayo, enfermedades terribles, hambre, pobreza, la imagen del niño Wichi que trajeron muerto del hospital, tras llevarlo semanas antes los pastores con una pulmonía, su cuerpo repleto de cicatrices de operaciones para robarle los órganos, hasta las retinas le extrajeron, la sensación de brutal impotencia ante el llanto desgarrador de su madre y hermanitos.

Estos recuerdos de aquellos años me han golpeado el corazón estos días con el asesinato de estado del joven activista Santiago Maldonado, su muerte brutal me trajo todo a la memoria, la misma Gendarmería, los mismos tipos armados, brutos, incultos, fascistas, criminales, torturadores, los mismos indígenas masacrados, abusados, perseguidos, humillados, expulsados, asesinados por multinacionales y políticos corruptos, dispuestos a todo para mantener la destrucción de lo que un día fue el paraíso.

El crimen de Santiago me ha perforado el alma, no se porqué, miles de asesinatos similares se producen diariamente en otras partes del planeta, en Colombia, Brasil, Guatemala, Honduras, Siria, Libia..., quizá me estoy haciendo viejo y me invadan sentimientos que antes no me llenaban los ojos de lágrimas, tal vez por el lindo recuerdo de los Wichis en el Gran Chaco, su amabilidad, su acogida, su hablar lento, relajado, su paz, el olor de sus hogueras eternas, su agonía, su respeto por la Madre Tierra, el brillo en sus pupilas, una lucha de resistencia durante más de 500 años por la que asesinaron a este joven heroico, la misma que seguirá para siempre estremeciendo la conciencia pura de los pueblos.

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sábado, 21 de octubre de 2017

Lecciones de tiniebla

Estuvieron cinco meses sin clases en la escuelita de Fataga desde la detención de Arcadio Figueroa Florido, su maestro, lo acusaron de adoctrinamiento a los niños que integraban su alumnado, los falangistas llegaron en pleno día al bello pueblo y fueron directo a la casa donde se impartían sus lecciones, entraron sin pedir permiso y agarraron al profesor cuando explicaba en la pizarra la estructura de un poema infantil de Federico García Lorca.

Encabezaba el grupo de fascistas José Araña Bordón, uno de los mayordomos del Conde, conocido en Tunte como “Rabo de Vaca”, que era el apodo de su familia procedente de la zona de Taidía, jornaleros de toda la vida, casi esclavos y víctimas desde siempre del derecho de pernada de los amos. José fue un avezado maltratador desde muy niño, lo que fue bien visto por sus jefes cuando empezó a trabajar con ocho años en los tomateros de Juan Grande, llegando en pocos años a ser uno de los hombres de confianza de aquella nobleza sanguinaria, dueña de las tierras, precursora de los mayores abusos de poder, de la represión y la muerte sobre quien se rebelara a seguir siendo esclavo.

No tuvieron miramientos, cuando Arcadio les exigió con amabilidad una explicación a su detención, lo golpearon al instante en la cabeza con una barra de hierro, dejándolo semiinconsciente sobre la mesa, mientras los niños gritaban y lloraban de miedo.

El docente de uno cincuenta años, se levantó atolondrado por el golpe y pidió tranquilidad a los alumnos:

-Queridos niños estén tranquilos, seguro que esto es un error, me voy con estos señores y ya verán ustedes que volveré muy pronto, cuando se aclare toda esta confusión- dijo con la voz rota, apretando un pañuelo contra la profunda herida que tenía en la frente.

Le ataron las manos a la espalda con unas sogas finas de pitera que cortaban las muñecas, muchas tizas en el suelo, los lápices y los afiladores pisoteados por aquellos hombres sin piedad, sacándolo en medio de los chiquillos que no se creían lo que estaba sucediendo y que miraban desconcertados a su adorado profesor.

Felisa Santiago, una de las niñas que siempre se sentaba en la primera fila junto a su amiguita, Alicia Santana, recordó las clases en la naturaleza, cuando se iban tempranito a la casa del viejo pastor Facundo Falcón, que ordeñaba las cabras y los invitaba a una tacita de leche con gofio, contándoles un cuento, para luego partir a una de las habituales excursiones, la que más le impactaba era cuando subían a la necrópolis de Arteara, el gigantesco cementerio de los indígenas, donde Arcadio les explicaba su vida, sus costumbres, sus leyendas, la cultura de aquel pueblo misterioso venido del norte de África hacía miles de años.

Los chiquillos miraban por la ventana cómo introducían a don Arcadio en el coche negro del Conde custodiado por cuatro falanges y dos guardias civiles de Tunte, antes de entrar por la puerta trasera les dirigió una sonrisa mientras asentía con la cabeza, como explicándoles que no se asustaran, que todo se solucionaría.

Fue la última vez que lo vieron, luego trajeron de sustituto a un cura muy joven de Las Palmas que se hizo cargo de la escuela, los obligaba cada mañana a rezar el padrenuestro, varios avemarías y el Rosario, antes de cantar el “Cara al sol”. Don Juan Mejías Melián, el nuevo maestro se caracterizaba porque pegaba mucho, gritaba cuando los niños se reían o hablaban dentro o fuera de clase, le gustaba tirar de las orejas y castigar con mucha violencia con una tabla de sauce, una madera que parecía caliente, causando un inmenso dolor en las palmas de las manos o en la parte trasera de las piernas.

Varios años después se supo que unos cazadores habían encontrado unos restos humanos en los acantilados de Risco Blanco, lo trajeron al pueblo, tenía un agujero de bala en la nuca, huesos rotos y las mismas ropas que don Arcadio, en el bolsillo una bolsa de caramelos empegostados, los que regalaba cada día a su alumnado entre clase y clase.

Nadie fue a su entierro por miedo, ni siquiera las autoridades reconocieron que era el maestro republicano desaparecido, lo enterraron sólo en presencia de su esposa, Pinito Medina Acosta, varios niños estuvieron sobre la ladera, viendo como lo enterraban junto a la tumba de su madre Lolita Florido Santiago, la niebla inundaba el barranco de Tirajana.

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El maestro republicano Antonio Oliver en una Misión Pedagógica en la pedanía
murciana de Valladolises en el año 1935 (Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver)

viernes, 20 de octubre de 2017

De la semilla del quebranto

Jacinto Barrios aprovechó el momento de la limpieza de su habitación para escaparse, salió sigilosamente por el pequeño jardín donde deambulaban sus ancianos podencos retirados, nostálgicos de las madrugadas de los jueves y domingos, cuando la noche olía a flores de mayo, el viaje hasta el cazadero andando por los caminos perdidos, viendo amanecer el rojo sol, desde donde casi nadie había tenido la suerte de contemplarlo.

Triste Jacinto con sus 94 años acarició la cabecita de los perrillos, les dijo en un susurro que no ladraran, los canes lo miraron cómplices, movieron el rabo, guardaron silencio, el negro con una mancha blanca en el ojo derecho le lamió la mano izquierda con dulzura en señal de cariño.

El viejo avanzó calle abajo, sintiendo el aire de la libertad en su rostro repleto de arrugas, sus ojos puros parecían más brillantes que nunca, anduvo sin parar hacia el pueblo, como quien busca lo escondido durante siglos, sabía que en algún lugar estaría el lugar donde reposaban sus compañeros asesinados, quizá en los pozos, en el mar, en la chimenea volcánica, donde miles fueron arrojados al abismo del genocidio isleño.

La noche lo amaba despierta, sabía que avanzaba hacia la libertad, no podía seguir en manos de las cuidadoras de la ayuda a domicilio, era demasiado humillante depender de los servicios sociales, un revolucionario, un maquis, un luchador, un resistente antifascista.

Caminó por lugares que ya no conocía, todo estaba construido donde antes había cultivos y casas con tejados de barro, enormes centros comerciales, mucha gente entrando y saliendo como hormigas en busca de la comida días antes del comienzo del invierno.

Desconcertado no sabía dónde estaba, aquel mundo ya no era el que había vivido, no quedaba nada, la gente vestía de otra forma, los jóvenes llevaban el pelo de colores, solo los niños parecían niños, algunos lo miraban sonrientes al ver a un señor mayor en pijama andando por la calle.

Era triste pensar que todo su mundo había muerto, que no quedaba nadie, ninguno de sus amores apasionados, ninguno de sus camaradas ni siquiera los que lo persiguieron, aquellos fascistas que sembraron la tierra canaria de muerte, de fosas comunes, de espacios para el exterminio de lo mejor de un pueblo.

Recordó cuando ya le faltaban las fuerzas los años de juventud en aquellas tierras repletas de vida, sin las inmensas construcciones que inundaban todo, sin toda esa gente desesperada por comprar, personas sin identidad que iban cargadas de paquetes y regalos navideños.

No podía más y se sentó en un pequeño parque junto a un grupo de jóvenes con peinados extraños, las chiquillas con los vestidos muy cortos, no tenía nada que decirles, era todo tan extraño, los carteles luminosos inundaban la noche, miles de coches, motos, ruidos y humo:

-¿Esto es lo que hemos construido con nuestra derrota?- pensó. ¿Es este es el mundo nuevo por el que entregamos nuestras vidas, por el que luchamos hasta el final?

No sintió tristeza porque sabía que había que seguir levantándose tras cada derrota, se acordó de los días de exilio, la inmensa alborada, el instante preciso en que escuchó a Fidel Castro en la Plaza de la Revolución de La Habana y su “si pierdo comienzo de nuevo”.

Lo había aprendido todo en la lucha clandestina, varios de los jóvenes se le acercaron y se sentaron a su lado, uno le acarició su mejilla, mirándolo extrañados, tenía frío y una de las chicas lo abrigó con su chaqueta verde de lana.

El viejo los miraba cómplice, se hablaban en silencio sin decirse nada, como si no entendieran sus lenguas pero si sus almas, supo que era la misma juventud de los gloriosos años del combate, que solo aquella eternidad había paralizado por unos segundos universales el tránsito rebelde de los sueños.

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Maquis en la la "Operación Reconquista de España" (Crónicas a pie de fosa)

jueves, 19 de octubre de 2017

Desde el dolor diseminado

Era tanta la tristeza que al caminar se la notaba encorvada, una viejita de veinte años, como si la gravedad le hubiera ceñido la cintura contra la profundidad del núcleo de la Tierra, no tenía nada que decir Rosalía Izquierdo, prefería callar y seguir viviendo aquella vida tan dura, como si hubieran ametrallado su corazón mil veces una madrugada de octubre, cuando los asesinos de azul fusilaron a su prenda amada.

Solo le venía a su mente el recuerdo en forma de música, de canciones, boleros y tangos de amor, poesías a la luz de la luna, los años juntos en el barrio del Trapiche, la vieja casa bajo el pino gigante, las piñas que caían en el techo de madera cuando menos lo esperaban, en muchos instantes de amor y pasión, como si fueran bombas de vida, el canto de los pájaros, miles de aves que rondaban aquel trocito del casi extinguido bosque de laurisilva.

Las crías de los canarios del monte perseguían a sus madres con el pico abierto, era lo habitual cuando llegaba la primavera, todos aquellos pequeños seres alados saltando de rama en rama alegres, felices, de piedra en piedra, en busca de los granos y semillas, de algún bicho, un trocito de fruta, de ciruela, de durazno, alguna uva negra tan sabrosa como las moras del pico de Osorio.

La tarde más triste de su vida supo que habían encontrado a Julio en las cuevas del barranco de Tenoya, llevaba varios meses evadido, justo desde la noche que comenzaron a matar a sus compañeros, se enteró por casualidad, cuando venía de comprar el pan y había una celebración en el local de la Falange de Arucas:

-Ya lo atrapamos gran puta, ya lo tenemos a buen recaudo, ten cuidado con lo que haces porque te vamos a follar entre todos- le dijo eufórico el guardia de asalto apodado Ventura, conocido asesino fascista en la comarca norte de Gran Canaria.

Ella se estremeció, no se lo podía creer, la gente la evitaba cuando avanzaba por el parque de San Juan llorando y corriendo hacia su casa, nadie se atrevía a hablar con ella en público, todo el mundo tenía miedo de ser acusado, relacionado con la República, con las organizaciones de izquierda y los sindicatos.

Ese día dejó de alimentarse, la verdura recolectada en su pequeño huerto se la comieron la gallinas y los lagartos en la fresca despensa, se quedó sentada en la enorme piedra donde se enamoraron con menos de quince años, no había más nada que el recuerdo, aquella memoria que olía a los perfumes sagrados de dos cuerpos abrazados cada noche, el sabor de los besos y la saliva de quienes sabían que se amarían eternamente.

Que ni siquiera la muerte podría separarlos, pero ahora estaba sola, escuchaba sus pasos ágiles, como cuando en vida venía del trabajo poniéndose el sol, el corazón se le aceleraba, todavía pensaba que podía venir, que todo había sido una mentira de aquellos criminales, que a lo mejor lo habían perdonado en el último instante ante el pelotón, que quizá algún militar noble y bueno se hubiera apiadado de un muchacho tan joven, que habrían descubierto la verdad, la inmensa verdad, de alguien que no había cometido ningún delito, solo que estuvo con sus compañeros la mañana del domingo 19 de julio del 36, custodiando el único teléfono público del pueblo, que recibía órdenes, que no molestaron a nadie, que defendieron la legalidad.

Todo eso se desvanecía cuando por el caminito entre los acebuches no llegaba nadie, solo algún conejo cruzaba al otro lado, alguna lechuza blanca cuando anochecía y aparecían en el cielo las primeras estrellas curiosas, las más luminosas, quizás planetas, como decía Julito, mundos como el nuestro donde tal vez exista la libertad, donde las mujeres y los hombres tengan derechos, educación, techo, trabajo, pan, cultura.

Soñaban juntos, siempre soñaban, no se separaban ni para comer, hasta en esos momentos estaban abrazados o de la mano, pero ahora Rosalía estaba sola, se quedaba fuera hasta que el sueño la derrotaba, allí sobre la piedra, esperando que se acabara su vida después de jurar, de prometer, de decirle con los ojos cerrados a su amor ante la fosa común de Vegueta que jamás estaría con ningún hombre.

Caminaba lenta hacia la casa con la vela en la ventana, siempre la encendía a las seis de la tarde, iluminaba el camino de Julio, pensaba, por si podría regresar de donde estuviera, andaba hasta la cama con el colchón de paja, nunca se acostaba en el lado de su amado, acariciaba la almohada, suavemente, imaginando, soñando despierta con el momento mágico de reencontrarse.

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Gustav Klimt El Beso

miércoles, 18 de octubre de 2017

Gabinete del espanto

Cuando bajaron a los detenidos del camión que venía de Telde era medianoche, el Gabinete Literario era un hervidero de falangistas y guardias civiles entrando y saliendo, el movimiento de fascistas de todas las edades parecía un hormiguero de seres azules, algunos mandos que habían venido de otras islas o la península, estaban alojados en el Hotel Madrid, el mismo hospedaje del general Franco meses antes.

Remigio Tejera y Manolo Hernández, encabezaban la fila de unos treinta hombres que tenían preparados en la calle para que entraran en el centro de detención y tortura, ambos vieron muchas caras conocidas de miembros de la oligarquía y la antigua nobleza, los hijos de las familias más ricas de la isla dirigían aquel escarnio contra lo mejor del pueblo canario, se encargaban de clasificar a qué recinto iría cada uno, lo que había que preguntarles mientras los torturaban, la información había que sacarles, los nombres, las direcciones, las afiliaciones a organizaciones de la izquierda o de los sindicatos.

Por la puerta trasera sacaban a quienes habían sufrido varias jornadas interminables de maltrato y violencia, algunos ya muertos, eran introducidos en los vehículos puestos a disposición por los caciques y terratenientes, su destino era variado, desde la fosa común del cementerio de Las Palmas, el mar, cualquier pozo o agujero volcánico.

Antes de entrar el teniente Giráldez de la Guardia Civil identificó a Regimio, lo observaba en silencio desde lo alto de la escalera del recinto señorial, dándole órdenes precisas a los falangistas que custodiaban a los presos:

-A ese me lo apartan que lo conozco muy bien de la huelga de enero en las tierras del Conde en Lomo Magullo, llévenlo a la sala de la cúpula-

El joven sindicalista de la Federación Obrera fue custodiado entre empujones y golpes al interior de aquel espacio para el terror, tenía una brecha abierta en la cabeza por un culatazo al resistirse a la detención en su casa de La Herradura, pero se mantenía en pie, no le quitaba la vista al teniente sedicioso, lo miraba fijamente a los ojos sin agachar la cabeza:

-Vas a saber lo que es bueno “puño en alto” cabrón, te voy a quitar toda la chulería, tu fama de defensor de las causas justas como en aquella puta manifestación- dijo el oficial, colocándole la pistola Astra cargada en la sien, simulando que iba a apretar el gatillo.

Remigio se mantuvo erguido sin casi inmutarse ante la rabia del asesino con tricornio:

-¿Por qué no disparas ya sinvergüenza? ¿No tienes cojones de enfrentarte a mi desatado, sin tu puta pistola cobarde?- exclamó sin agachar la cabeza el sindicalista, su voz sonaba como un trueno en la sala de tortura, la más grande, donde las voces retumbaban en una especie de eco.

El policía montó en cólera y golpeó al muchacho con la pistola en la frente, Remigio cayó al suelo, donde comenzó a recibir patadas de los falanges que acompañaban al teniente, golpes en todo el cuerpo, en la cara, en los genitales, en la espalda, en el estómago.

Casi perdió el conocimiento cuando el guardia ordenó que lo levantaran entre dos requetés y le dijo:

-Mira hijo de puta aquí estoy rojo cabrón, masón de mierda- En ese instante Remigio lo escupió en la cara, una baba de sangre corrió por la cara de Giráldez, que intentaba desesperado limpiarse con un pañuelo blanco.

Ladeando la cabeza llamó a Demetrio Trujillo, apodado “La Burra”, veterano luchador del deporte vernáculo de la isla, también conocido como “El verdugo de San Cristóbal”, el sicario llevaba un machete en la mano, lo afilaba con una piedra de playa, al momento y siguiendo las órdenes del teniente le cortó de un tajo las dos manos a Remigio.

-Ahora levanta el puño hijo de puta, alzalo mamón como en el Lomo, chulo de mierda, maricona barata, que ya me follé hasta a tu novia la otra noche- gritaba el teniente en un ataque de ira, las comisuras de los labios repletas de saliva blanca, como un perro infectado de rabia.

La sangre brotaba copiosamente de los brazos cortados del joven comunista, parecía un manantial, una fuente de luz, mientras los dos falanges lo mantenían en pie, no le quitaba la vista a Giráldez, una mirada sin miedo, unos ojos verdes brillantes, que se fueron apagando por la hemorragia, tranquilos, con la paz de no haberse rendido.

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Dibujo de Castelao (-Pra que ergan o puño...)

martes, 17 de octubre de 2017

En los rincones nebulosos de la noche

Los alcaravanes estaban más inquietos que nunca esas noches de octubre, demasiado trasiego en Los Giles, demasiados hombres en camiones para ser torturados sin que nadie escuchara sus gritos y alaridos.

Domingo Valencia no tenía más de quince años y era uno de los torturados, estaban todos, más de treinta, todos de Tamaraceite, retenidos en el cuartelillo del Ayuntamiento de San Lorenzo, en la Carretera General. Desde allí los llevaban en la oscuridad a los descampados cerca de Tenoya para golpearlos, para hacerles hablar, dar cualquier dato sobre sus actividades políticas y sindicales.

A Juan Santana Vega, el alcalde comunista, a Francisco González Santana su camarada, casi su hermano, ya que se conocían desde niños, se criaron en la misma calle, jugaban juntos, estuvieron en la misma escuela, comenzaron juntos a trabajar con apenas once años, conocieron a las mismas muchachas, a los dos los tenían aparte, les pegaban más fuerte, los torturadores se esmeraban más en generar el máximo dolor, en tratar de sacarles toda la información posible.

El chiquillo Valencia muy asustado los miraba desde el grupo de los más jóvenes a los que también golpeaban, observaba su entereza, como se mantenían sin hablar a pesar de los latigazos con la pinga del buey que les abrían heridas profundas en sus espaldas, pero ellos resistían una noche más, Juan miraba a Pancho, ambos se miraban, con los ojos se decían que ya estaban muertos, que era mejor seguir con dignidad, con entereza, con valentía de clase, manteniendo hasta el último instante el valor, la tenacidad que les hizo gobernar con mayoría de izquierdas aquellos escasos meses antes del golpe fascista.

Casi amaneciendo las mujeres aparceras que iban camino de los tomateros de los Betancores escuchaban los gritos, veían los movimientos de los falangistas y guardias civiles, el brutal maltrato, como introducían uno a uno a los hombres destrozados en los camiones, los transportes cedidos por los terratenientes agrícolas para llevarlos de nuevo al cuartelillo en el sótano de la Casa Consistorial de Tamaraceite.

Solo fueron dos escasas semanas, pero parecieron años de todo tipo de atrocidades, madrugadas interminables de sufrimiento que marcaron para siempre a los que sobrevivieron, unos pocos como Domingo Valencia siguieron toda su vida luchando sin miedo, otros en cambio jamás quisieron hablar, contar lo que sucedió, el terror lo llevaban incrustado en lo más hondo de sus conciencias, no eran cobardes, eran hombres destrozados, marcados de por vida, inválidos de amor y ternura.

Una noche no los sacaron del calabozo, el pequeño recinto para no más de diez hombres, donde llevaban hacinados una treintena varias semanas sin apenas agua y comida, esa noche los metieron en el camión y los condujeron a Capitanía General, al Gobierno Militar en la calle Triana, allí siguieron pegándoles salvajemente, más allá vino el Castillo de San Francisco, los campos de concentración de La Isleta y Gando, el día del fusilamiento de los cinco en el campo de tiro cerca de El Confital, aquel 29 de marzo del 37 cuando Juan y Pancho fueron fusilados junto a Manuel Hernández Toledo, Antonio Ramírez Graña, Matías López Morales, todos unidos como cuando iban de parranda a los bailes de taifa, pero esa vez acongojados por la muerte inminente, el pelotón, los cientos de falangistas con sus familias y sus niños sentados en las laderas para ver entre vitories el espectáculo de las ejecuciones.

Domingo los despidió aquella madrugada que los sacaron del barracón de Gando, el chiquillo supo que jamás los vería, todavía los sigue esperando en los rincones nebulosos de la noche.

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Dibujo de Castelao (Arriba os probes do mundo...)

lunes, 16 de octubre de 2017

El delirio y la rabia

Nicanor Falcón, cuando se emborrachaba se iba a la casa de Claudio Rivero uno de los asesinos de su padre, tambaleándose subía el callejón del laberinto intrincado del barrio de San José hasta llegar a la vivienda de dos plantas donde vivía el fascista, desde la calle profería gritos e insultos:

-Cabrón, hijo de puta, asesino, mataste a mi padre, me quitaste  lo que más quería criminal-

Dentro Rivero se reviraba desalado, se le ponía la cara muy roja, las venas del cuello muy hinchadas, se asomaba por una rendija de la ventana y lo veía con el puño en alto, lanzándole todo tipo de improperios.

El guardia civil retirado le tenía miedo, le venían a la mente los cientos de asesinatos de republicanos donde había participado, el cuerpo destruido por la bebida de Nicanor se le parecía al de su padre, los mismos ojos, la misma voz rota, el mismo color moreno de su piel, el mismo rostro que vio en el momento de empujarlo de espaldas al agujero volcánico la Sima de Jinámar.

Le parecía que uno de los muertos venía a buscarlo a su casa como un fantasma del pasado, en su vejez prematura por el cáncer linfático se ponía muy mal al escuchar los gritos del borracho, del hombre alcoholizado que cada vez que bebía no fallaba en la puerta de su vivienda.

Siempre agarraba el teléfono y llamaba a la Policía Nacional de la Plaza de La Feria:

-Está aquí de nuevo este hijo de puta, vengan ya para inflarlo a hostias- decía.

Al momento se presentaba un jeep con varios grises dentro, tomaban de forma violenta de los brazos a Nicanor y si se resistía le metían un rodillazo en la columna vertebral, lo introducían en el vehículo y se lo llevaban a la comisaría junto al Gobierno Civil.

Desde la ventana Claudio Rivero miraba toda la operación, no se atrevía a salir y siempre uno de los policías al mando, sonriente desde la ventana del vehículo le levantada el dedo gordo en señal de misión cumplida.

El fascista se iba directo al cajón de las medicinas y se tomaba varios ansiolíticos, se tumbaba en el sillón y notaba como le temblaban las manos y las piernas, no entendía ese miedo, la enfermedad lo machacaba, recordaba aquel día en que la mujer de uno de los que había asesinado, le dijo roja de ira, en el mercadillo de los domingos de Vegueta:

-Te maldigo perro asqueroso, te deseo que mueras ahogado en sangre, que el dolor sea tan fuerte que no puedas vivir tranquilo los años que te quedan-

En la Plaza de la Feria sacaban siempre a golpes del todoterreno a Nicanor, lo llevaban a una de las celdas y allí le esperaba la tortura, algunas veces golpes en todo su cuerpo con una toalla mojada, otras le hacían “El submarino”, metiendo su cabeza envuelta en una bolsa de plástico en una bañera de orines y excrementos, alguna vez, las menos, corriente eléctrica en sus genitales colgado por las piernas.

La borrachera se le cortaba y en la mañana lo dejaban marcharse, lo primero que hacía era dirigirse a la churrería “La Madrileña” en la trasera de Bravo Murillo, pedir un café solo y dos churros, allí se pasaba más de una hora pensando, meditando, rumiando todo ese dolor que le había destrozado su vida.

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Dibujo de Castelao (No entierran hombres, entierran semillas)

domingo, 15 de octubre de 2017

De aquel vuelo en la alborada

"No puede morir jamás quien de esclavo se libera, rompiendo para ser libre con su vida, las cadenas".

Cantata del Mencey Loco (La raza, Los Sabandeños)

Acostumbrada a las largas caminatas desde muy niña acompañando a su padre con el ganado de cabras y ovejas, Lorenza Trujillo subía y subía, no paraba ni un instante, serpenteando de lado a lado el barranco de Tocodomán para hacer más leve el esfuerzo, en algunos momentos se paraba y bebía agua del minúsculo riachuelo que venía de lo más alto de la montaña, la falda remangada por encima de las rodillas mostraba unas piernas fuertes, bellas, morenas, musculadas.

La noche anterior se habían llevado a su novio Tomas Hernández de la vieja casa del barranco de Tasartico, dos guardias de La Aldea de San Nicolás guiaron hasta la humilde vivienda a la brigada de falangistas, el muchacho dormía cuando tocaron a la puerta gritando su nombre, salió y fue apresado, no imaginaba los motivos, estaba tan aislado que ni siquiera sabía que había estallado un golpe de estado en España.

Cuantos recuerdos tenía Lorenza de aquel refugio de amor, cuantas noches juntos mientras la lluvia caía, haciendo que el cauce se convirtiera en un río temporal por donde subían las anguilas.

Le venían de repente todos aquellos recuerdos tan bellos mientras trataba de escapar de la segura detención, la habían avisado de que después de Tomas irían a por ella, que ya habían asesinado a sus compañeros de la Federación Obrera de Agaete, que cientos de fascistas estaban haciendo el trabajo sucio a los terratenientes matando, desapareciendo, torturando, violando a las mujeres que tuvieran cualquier vinculo con las luchas obreras.

Ella sabía que se la tenían jurada, que si la detenían no escaparía de los brutales abusos sexuales de aquella horda de criminales, sobre todo del guardia civil, Damián Curbelo, al que había rechazado varias veces cuando la seguía, avanzando muy despacio a su altura con el coche policial, sobre todo en las madrugadas en que la muchacha iba a trabajar con varias compañeras las tierras medianeras de su padre.

El guardia mucho mayor que ella estaba casado y obsesionado con su belleza, la seguía, conocía cada uno de sus movimientos, se metía con ella, no la respetaba y le decía cosas relacionadas con su cuerpo, con su sensualidad:

-No se que haces con ese maricón de mierda que escribe hasta poesía, aquí tienes un macho de verdad y lo rechazas, no sabes lo que te pierdes hija del diablo- le dijo muchas veces y Lorenza se le enfrentaba, no permitía que la insultara, que la humillara, que la vejara.

En la Degollada de Peñón Bermejo la muchacha estaba agotada y decidió sentarse a descansar, sacó de su bolso de piel de cabra un poco de queso, pan duro y unas sardinas saladas que devoró en unos instantes, el viento se enredaba en su pelo negro y largo, miraba al infinito, al horizonte marino, se divisaban las islas de Tenerife, La Gomera y La Palma, a su derecha el barranco repleto de tabaibas tan grandes como árboles, gruesas, repletas de vida y energía natural.

Siguió avanzando por el macizo de Guguy, ya no había tanta cuesta y comenzaba a salir el sol, el suelo estaba mojado, impregnado de rocío, se encontraba con los conejos que todavía retozaban y jugaban aprovechando la oscuridad de la noche, en la montaña de los Hogarzos había un grupo de unas doce cabras guanilas que pastaban tranquilas, ni siquiera se espantaron a su paso.

Llegando a la Montaña de los Cedros notó la terrible presencia, miró a su alrededor y no veía nada, escrutó cada piedra, cada gigantesco cardón, pero su instinto de mujer aferrada a la tierra supo que algo anormal la rodeaba, hasta que escuchó los gritos de los hombres, un grupo numeroso, de más de cuarenta falangistas y guardias civiles que subían corriendo por el barranco de Amurgar, entre ellos vio claramente a Curbelo que gritaba:

-Ya te tenemos hija la gran puta, ahora vas a saber quienes somos los hombres de bien de la Santa Cruzada, aparate por hay que va a ser lo mejor pa ti-

Lorenza tiró su bolso todavía con abundante comida y comenzó a correr hacia la Montaña de Aguasabina, el suelo volcánico le destrozó las alpargatas, corrió y corrió durante más de de una hora sin parar, miraba hacia atrás y veía al grupo de fascistas a unos cien metros lanzados hacia ella.

No lo pensó mucho, solo imaginó lo que iban a hacerle antes de matarla, las famosas violaciones múltiples que ya se estaban cometiendo en cada rincón del triste archipiélago, se soltó el lazo rojo del pelo, se quitó aquel calzado destrozado, avanzando a una velocidad de vértigo hacia el abismo junto a Montaña Bermeja, lanzándose al vacío por un precipicio de más de mil metros.

Notó en unos segundos la violencia del viento en su cara, su vestido abierto, roto, volador, como una vela de barco en la tempestad, no sintió casi nada, solo los brotes de amor, las caricias eternas de su amante, los mimos de su madre, la risas y los juegos de su padre cuando era niña, incrustados en lo más hondo de su corazón empapado de lluvia libertaria.

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Dibujo de Castelao (Denantes morta que Aldraxada)

sábado, 14 de octubre de 2017

Por desgracia hijos del mismo siglo

La barbería de Tamaraceite era el lugar ideal para buscar información, por eso el coche negro, un Ford americano, aparcó en la carretera de tierra junto a la iglesia, interrumpió el escaso tráfico, Manolito Hiedra, que venía con su carro cargado de sacos de papas, arrastrado por un burro tuvo que esperar por los dos somatenes.

El más alto de los hombres llevaba un traje negro impecable y una corbata azul, gafas negras y el pelo peinado hacia atrás con brillantina. Se quedó mirando con mala cara al pobre jornalero que bajó la cabeza muy asustado con la boina calada hasta las orejas:

-¿Qué pasa carajo? ¿Qué miras cabrón de mierda?- dijo el fascista conocido como “Cabral”, mientras Hiedra temblaba de miedo.

Dentro del minúsculo recinto estaba Juanito Sosa el barbero leyendo el periódico:

-Buscamos a Gregorio Suárez- dijo el otro policía, un gallego, apellidado Muiños, con una cicatriz en la parte inferior del ojo derecho y un bigote muy fino sobre sus labios.

Al barbero le temblaban las piernas, sabía a lo que se arriesgaba si no daba la información adecuada, se les quedó mirando con mucho miedo, se apreciaba claramente el bulto de las pistolas bajo las chaquetas negras.

En el pueblo no se olvidaban de los crímenes cometidos desde el golpe de estado, las decenas de desaparecidos, los fusilados junto al alcalde comunista Juan Santana Vega, pasaban los años desde el 36 a comienzos de los 60, pero el miedo estaba incrustado hasta la médula de cada vecino, nadie se atrevía a mencionar todo lo que había pasado, la persecución, las torturas salvajes, las vejaciones sobre cientos de habitantes del municipio, las violaciones a las mujeres más jóvenes, el robo de los hijos de los asesinados para venderlos a familias vinculadas al régimen:

-Gregorio se fue pa Venezuela hace años- dijo el barbero y Muiños cerró la puerta de una patada, le dio un cabezazo y lo levantó del suelo contra el espejo de la pared:

-Habla hijo de puta, dinos donde está Gregorio o te parto el pescuezo-

Afuera Manolito escuchaba los gritos de los fascistas, el burro estaba muy inquieto y trataba de soltarse del carro para perderse galopando, la gente que subía andando por la Carretera General aceleraba el paso asustada, dentro el barbero estaba ya casi asfixiado, tenía una herida profunda en la cabeza por otro violento golpe con el mango del revólver de Cabral:

-Está escondido en la casa de su sobrina, Rosa Tejera, en La Montañeta, está metido en la cueva de la habitación del fondo, en un agujero bajo tierra- dijo el barbero con la voz rota por la estrangulación y la conmoción de los golpes.

Con una sonrisa irónica el guardia Cabral ordenó a Muiños que lo soltara, que lo dejará en el suelo, mientras se arreglaba las patillas con una navajilla de afeitar.

Juanito se quedó acurrucado en una esquina mientras los dos hombres abandonaban la barbería en silencio.

Afuera escuchó como se cerraban las puertas del auto, el ruido del motor, las pisadas del burro y el sonido de las ruedas oxidadas del carro.

Eran las cuatro de la tarde pero parecía de madrugada, Tamaraceite estaba en silencio, solo algún pájaro revoloteaba y cantaba en los laureles de India de la plaza, el sabor de la sangre en una boca seca, casi muerta, sin saliva.

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Dibujo de Castelao en la serie Galicia Mártir. (Febrero de 1937).