sábado, 18 de noviembre de 2017

En la brisa estaba el perfume y la esencia de mujer

-¿Pero dónde van a llevarnos Dios mío- dijo Alicia Trujillo, cuando el coche negro comenzó la subida por una carretera de tierra muy empinada cerca del barranco de Ansite.

En el coche negro del Conde iban dos falangistas delante y tres mujeres en el sillón de atrás, las traían del centro de detención de la calle Luis Antúnez donde apenas las tocaron:

-Resérvalas para la taifa de esta noche Rodríguez, habrá una buena fiesta en casa de La Sorrueda- dijo Sebastián Samsó, el capitán fascista que supervisaba las torturas junto a los jefes de Falange en este lugar para el horror.

Llegaron a una pequeña mansión de estilo colonial, rodeada de palmeras y eucaliptos gigantescos que casi no dejaban pasar la luz, en la puerta de la casa estaban varios falangistas con armas en la mano haciendo guardia, dentro se escuchaban los llantos de otras mujeres también cautivas:

-Llévenlas a bañarse a estas guarras que apestan a becerra, dales jabón Paco Araña- exclamó entre carcajadas y muy borracho el jefe de centuria del sur de la isla de Gran Canaria, Borja del Lugo, mientras empujaba a las mujeres cuando las sacaron del coche.

-Están buenas las muy putas, esta noche sabrán lo que son pollas nacionales- dijo el jefe requeté Alberto Luis Rosales, que no dejaba de mirar el pecho de Alicia, todo su joven cuerpo, que se transparentaba tras el camisón corto que le habían puesto en el centro de tortura.

Ya dentro había varias bañeras y dos mujeres mayores que parecían criadas de la nobleza por el uniforme:

-Mis hijas hagan caso de todo, no se rebelen porque puede ser mucho peor, hagan lo que digan los señores o las matan- dijo las más alta de las dos, muy morena, el pelo blanco recogido, con un acento que no era canario, más bien parecía portugués.

Las tres chicas, Alicia Trujillo, Rosa Luisa Bordón y Carolina Hernández se dejaron echar el agua por encima, luego le lavaron el pelo con un champú muy suave, para después impregnar su piel de un perfume que jamás habían olido, era como la fragancia de las mujeres de los terratenientes que habían visto alguna vez comprando en Santa Lucía o Tunte.

Tras obligarla a ponerse varios vestidos de colores rojos y verdes las metieron en una habitación muy pequeña, solo cinco sillas y un sillón viejo muy deteriorado, allí estuvieron varias horas hasta que se hizo la noche:

-¿Qué hacemos chiquillas, qué hacemos, nos van a hacer mucho daño estos fascistas? Dijo Carolina, que solo conocía a Rosa de las reuniones en la Sociedad Sindical de las aparceras en el almacén del Castillo del Romeral.

Afuera se escuchaba la llegada de muchos coches, la algarabía, voces de hombres, risas, bromas, burlas, llegando a la habitación el olor del ron de caña que trajeron esa misma tarde en varios barriles desde Arucas, también habían sacrificado a varios cerdos y una cabra para asarlos durante la juerga que estaba a punto de comenzar.

Se abrió la puerta y aparecieron varios falangistas muy jóvenes con armas al cinto, les ataron las manos a la espalda y las sacaron a empujones al patio de la mansión, Alicia vio a unas quince mujeres más, todas vestidas con trajes cortos de colores, muy pintadas y también amarradas.

Las subieron a una tarima de madera entre los gritos y silbidos de los fascistas, Carolina identificó a varios de los caciques más importantes de la isla, media familia del Conde, el tabaquero Fuentes, los hijos de los Melianes, varios de los hermanos Betancor, entre otros miembros de la oligarquía isleña, que brindaban con vasos de ron y vino por la “Santa Cruzada”, entre arengas facciosas y gritos de ¡Arriba España!.

Las chicas estuvieron expuestas casi dos horas durante el desarrollo de la fiesta, las criadas estaban a su lado y en baja voz trataban de animarlas:

-Será solo un rato aguanten como puedan, estarán muy borrachos- dijo la mujer que parecía de Portugal.

Sobre las doce de la noche se las fueron llevando como fieras salvajes a su presa, primero los señoritos de la nobleza isleña que elegían con tiempo, luego el resto, a la mayoría de la chicas las violaron en grupo, la práctica que tanto les gustaba desde la noche del sábado 18 del julio del 36, en cada habitación los hombres hacían cola con las chicas atadas a las camas, otras eran vejadas en pleno campo, en medio de la finca de mangas, papayas y naranjas.

La orgía era generalizada y los niveles de sadismo superaban cualquier límite, se escucharon hasta disparos sobre las muchachas que se rebelaban, en el patio central iban colocando los cadáveres a la espera de la llegada del camión que las haría desaparecer para siempre.

Alicia sufrió las aberraciones primero del oligarca De Lugo, que luego la entregó a la soldadesca tras hacerle todo tipo de aberraciones sexuales.

La muchacha estaba muy débil tirada sobre el barro de la finca y hombres de todas las edades la iban violando uno a uno, vomitaba con frecuencia el ron y el semen que le obligaban a tragar.

No sintió nada, dejó de luchar y gritar, se abandonó hasta el instante de la muerte por las hemorragias internas y los brutales golpes.

Solo cinco mujeres sobrevivieron y las dejaron maniatadas y semiinconscientes en el patio interior, el resto de los cuerpos se los llevaron, había muchos hombres durmiendo la borrachera en cada rincón de la casa, la brisa de noviembre movía las ramas de los árboles, el sol rojo del amanecer iluminó en un instante todo el palmeral.

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Pintura de Carlos Alonso sobre la tortura y abusos a mujeres en la dictadura argentina

Estreno mundial de "La Sima del Olvido"

La “Sima del olvido” supone un antes y un después en la lucha por la memoria democrática en Canarias y todo el estado español. Ese lugar de exterminio, ese agujero del horror conocido como Sima de Jinámar se abre en canal en este documental de Juan José Monzón, sus muertos, los asesinados por el fascismo, salen de la oscuridad, de las piedras frías, de la cal viva, de los escombros, de los residuos y levantan la mano para decirnos que exigen dignidad, muestra una realidad oculta premeditadamente por el estado, por la oligarquía isleña, por los causantes del genocidio y sus herederos actuales.

Este documental hace justicia, repara, enseña, muestra un camino de verdad, reparación, memoria desde la pedagogía y el simbolismo de los elementos naturales de nuestra tierra, desde la idiosincracia de nuestro pueblo. Sigue la conexión...

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viernes, 17 de noviembre de 2017

A cada noche y amanecer

Santiago Ramírez le enseñó el pasaporte cubano a los guardias civiles que vinieron a detenerlo, el sargento Rubiales miró detenidamente el documento de identidad, se tocaba la barbilla, tras un silencio interminable ordenó que lo ataran, la gente de Valsequillo estaba en la calle a esa hora de la mañana y no entendían porque se llevaban al panadero, un hombre que fiaba a sus clientes más necesitados, que regalaba el pan a quien no tenía medios para pagarlo.

Lo metieron en el asiento de atrás del coche negro de los Melianes, al fondo iba una mujer con el vestido roto y el cuerpo repleto de magulladuras, la cabeza agachada, ni siquiera levantó la vista, a su lado un falangista, Antonio Martinón, vecino de La Herradura, que parecía muy borracho, apuntándole con una pistola en el cuello y acariciando el muslo derecho de la chica:

-Entra maricón que vas a estar en buena compañía- dijo mientras golpeaba a Ramírez con el arma en la boca.

La sangre brotó y varios dientes rotos cayeron al suelo entre las risas de Juaneco Morales, chófer de los caciques del sureste, una risa frenética que no sabía parar, que sonaba a psicopatía crónica, haciéndose el silencio en el momento en que se adentraron por el camino de tierra hacia Telde, en el asiento delantero miraba para atrás en todo momento muy sonriente un teniente de la guardia civil, el sevillano Francisco Callejón, que no se había quitado el tricornio dentro del auto, reflejándose el sol en el oscuro gorro policial:

-¿Qué mas van a hacerme hijos de puta cobardes?- dijo la muchacha sin levantar la vista, recibiendo un golpe en la cabeza del falangista con la pistola que le abrió una profunda brecha, Santiago la miraba con los ojos hinchados en sangre y rabia.

Celia Guzmán, maestra en San Mateo, comenzó a chillar y a revolverse intentando soltarse las sogas de pitera de sus muñecas atadas a la espalda, en ese instante, sin que nadie lo esperara, Santiago se lanzó violentamente contra el chófer y le mordió en el cuello sin soltarlo, los fascistas comenzaron a golpearlo y Juaneco gritaba de dolor, el falangista Martinón intentó dispararle en el pecho y recibió un fuerte rodillazo en la cara que le partió el tabique nasal, el vehículo iba haciendo eses y el panadero apretó su presa en la yugular del fascista que soltó el volante desesperado, despeñándose el coche fuera de la carretera, volcando y dando varias vueltas de campana a la altura de Caserones.

El auto de los caciques quedó con las ruedas hacia el cielo entre el humo y el olor a carburante, Santiago abrió los ojos y estaba sobre los dos fascistas que iban delante, ambos estaban muertos sobre un gran charco de sangre, la cabezas destrozadas, en el asiento de atrás Martinón todavía respiraba, el panadero movió sus brazos y pudo soltarse, clavando el cuchillo del teniente en el ojo del falangista.

La chica estaba fuera del coche inconsciente, el muchacho le soltó las cuerdas y le puso agua en la cara, dándole un leve masaje cardíaco hasta que abrió sus ojos verdes:

-¿Dónde estamos, dónde estamos, van a violarme de nuevo?- dijo.

-Maté a estos perros fascistas camarada- dijo Santiago mientras la ayudaba a levantarse.

-Tenemos que salir rápido de aquí, desde que los extrañen en Telde vendrán a buscarlos, corremos mucho peligro-

Los dos se adentraron en el profundo bosque de acebuches del barranco de Tecén, caminando sin parar hasta que llegó la noche, descansando en un alpendre abandonado:

-Esto será duro, nos van buscar por toda la isla, tenemos que estar dispuestos a todo- dijo Celia, mientras se curaba las heridas de las piernas con unas hierbas que había recogido junto a los troncos de la subespecie canaria del olivo.

En unas horas los dos dormían bajo un manto de estrellas incalculables, el infinito parecía ampararles en aquella huida sin retorno, no se escuchaba nada en el barranco más que los cantos de las lechuzas y los búhos chicos, que parecían entonar una sonata por la libertad, asustados de aquella extraña compañía en la tranquilidad de aquel espacio mágico.

Celia hablaba en sueños, despertó a Santiago, decía algo sobre la importancia del álgebra, los pisos de vegetación de la Macaronesia, la inteligencia de los delfines. El panadero se quedó un instante oyendola maravillado, mirándola, tenía voz de niña, un rostro tan dulce que no entendía como cualquier ser humano podía ni siquiera plantearse hacerle daño.

Antes de salir el sol la despertó y comenzaron de nuevo el interminable periplo, bebieron agua muy fría en unas cascadas cerca del barranco de Los Cernícalos, comieron manzanas, se asearon y no pararon de avanzar entre la vegetación durante todo el día, trataban de borrar sus huellas con ramas, a veces iban y venían por el mismo sendero tratando de confundir a cualquier perseguidor, subían y bajaban montañas, se apostaban sobre cualquier roque vigilando las evoluciones de las brigadas de fascistas.

Así estuvieron dos meses hasta lograr salir en barco hacia La Habana desde la costa de Maspalomas, gracias a la amistad de Santiago con los pescadores de Mogán, con quienes hacía tiempo hacía intercambio de pan por pescado salado.

Vieron perderse la isla de Gran Canaria en el horizonte del inmenso Atlántico, Celia se tocaba la barriga, estaba embarazada por las violaciones que sufrió la semana que estuvo retenida en una de las haciendas del Conde de la Vega, no sabía quién era el padre, podía ser cualquiera de los siete fascistas que la vejaron y violaron, decidió tener el bebé, Santiago y ella nunca se separaron, en Ciego de Ávila nació Secundino y el amor eterno.

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Cascada en el barranco de Los Cernícalos (Telde)

jueves, 16 de noviembre de 2017

El viento, el olor a ensaimadas, la tristeza

La rica fragancia de las ensaimadas recién salidas del horno en la dulcería “La Madrileña” en Triana, se mezclaba con el olor del carburante de los coches, un tráfico ensordecedor de ida y vuelta por la vieja calle, se acercaban las navidades del 65 y el Palacio de los Juguetes estaba abarrotado de madres que encargaban los Reyes a sus hijos pagando en varios plazos de “fiado”, en la primera planta del colegio Santa Rosa de Lima se escuchaban los acordes de la escuela de timple de Totoyo Millares.

La Policía Armada recorría las dos aceras con metralletas en las manos entre la multitud, miraban a los miles de rostros como tratando de encontrar alguna facción subversiva, un color de ojos sospechoso, una boca roja, una nariz orientada a la izquierda, tipos grises no solo de uniforme, tristes, haciendo cada día el mismo recorrido desde la Plaza de la Feria al mercado de Vegueta, buscando los restos de una resistencia casi inexistente, conscientes de que en su mayoría llenaba los pozos y simas volcánicas de la nebulosa isla redonda.

Esa tarde de diciembre se vieron Germán Pirez y Fernando Sosa, ambos fijaron sus ojos en los del otro y siguieron andando sin saludarse, el mínimo gesto podía ser sospechoso, siguieron avanzando hasta el Puente Palo a unos metros de distancia. Sosa observaba curioso la peculiar forma de caminar de Pirez, sus pasos lentos, la energía de sus manos de ajedrecista, de heroico luchador antifascista, primero en el Quinto Regimiento en Madrid, más tarde en el exilio como partisano de la Francia ocupada pos los nazis.

Germán miraba de reojo, parecía controlar todo lo que sucedía a su alrededor, como si tuviera ojos en la nuca, una visión más allá de su vista, un sexto sentido, tantos de años de clandestinidad desde que decidió regresar a España en el año 1952.

Se adentraron en las calles de Vegueta, Fernando entró en un bazar a comprar El Alcázar, se lo puso bajo el brazo sin ojearlo, caminó hacia la Plaza del Pilar Nuevo, Germán se quedó en la esquina de Pedro de Vera hablando unos instantes con una vendedora de flores, de pequeñas macetas con rosas multicolores, le compró un clavel blanco y se lo puso en la solapa, siguió andando elegante y entró a un bar en la trasera de la catedral.

En una de las mesas dos hombres mayores jugaban al ajedrez, el guerrillero se quedó mirando la partida, en menos de un minuto vio toda la estrategia en el tablero, supo enseguida las cuatro opciones posibles de jaque mate de los dos ejércitos de figuras, no dijo nada, sonrió levemente imaginando lo que haría si estuviera jugando en cualquiera de las dos sillas, pidió una cerveza y se sentó en la mesa del fondo, la más oscura, todavía con restos de pan bizcochado y queso duro.

Fernando entró abrigando su cuello con la bufanda del fuerte viento helado que inundaba las calles de Las Palmas, pidió un coñac, se frotó las manos mirando hacia la calle, a las palomas que revoloteaban tras una camioneta repleta de trigo.

Germán le hizo un gesto con la ceja y se sentaron juntos, no se saludaron aunque quisieran abrazarse tras doce años sin verse, hablaron en voz alta de fútbol para que el tendero escuchara todo, de las paradas épicas de Ricardo Zamora, del buen hacer de José Samitier, de la técnica depurada de Jacinto Quincoces, de lo bien que le iba al Barcelona con Ladislao Kubala.

En un instante el tono de voz bajó, no se escuchaba nada, parecía que en el bar no había nadie, solo los hombres en silencio jugando al ajedrez y dos seres invisibles en la última mesa:

-Chacho que ganas tenía de verte joder ¿Cómo estás camarada?- dijo Fernando con su mirada fija en los ojos de Germán.

-Combatiendo, organizado en la célula del Frontón, esto está muy mal, nos mataron a todos los hermanos, solo quedamos unos pocos organizados y en una fragilidad que se palpa- comentó Germán con las manos apretadas una contra la otra sobre la mesa-

-¿Qué puedo hacer por ustedes? Dime y estoy dispuesto a colaborar en lo que estimes querido amigo aunque me juegue la vida- habló Fernando con una voz que solo se podía escuchar a muy poca distancia, casi un susurro, mientras el tendero atendía a dos muchachas con el uniforme de la Sección Femenina que habían pedido un café en la barra.

Germán no dijo nada, solo lo miró y le hizo una señal picando un ojo, en la puerta había dos tipos altos con gabardina y sombrero, se levantó y pidió la cuenta, pagó con varias pesetas y salió a la calle, perdiéndose en el laberinto del barrio colonial.

Fernando se quedó solo, no probó el coñac, lo vació sin que nadie lo viera en el suelo, se encaminó hacia la puerta, los tipos altos se le quedaron mirando unos instantes, estaba tranquilo, tenía la documentación falsa desde que volvió de Venezuela, ya no se veía a Germán, el viento parecía arrasar por aquella levedad, el estómago revuelto, el miedo en la piel, ruido de pasos que solo podían ser de policías, pero no lo eran, eran niños que corrían saliendo del colegio de las monjas en la calle Reyes Católicos, una chiquilla pelirroja se le quedó mirando, lo saludó con la manita, la cara triste, él le contestó con una sonrisa, la tarde se avecinaba oscura y tormentosa.

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Pintura de Luis Felipe Noé

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Para la vida

-Lo fácil que sería tumbar este corrupto gobierno de los herederos de Franco, que sencillo sería salir todos a las calles y no volver a nuestras casas hasta que se marchen de España estos ladrones, ni su policía represora y fascista podría detenernos, qué fácil sería Teresita- dijo sereno en la cama del hospital del Sabinal Demófilo Umpierrez a su nieta cuando lo fue a visitar aquel sábado de enero.

-Abuelo ya no es como antes, ahora la gente está dormida, casi nadie lucha, esta gentuza del PP y del PSOE son la misma mierda, todo lo que hacen es para beneficiarse y llenar sus cuentas corrientes de dinero robado de las arcas públicas, los comunistas del PCE traicionaron y firmaron la Constitución y se jodió la cosa, perdonaron a todos los asesinos y torturadores fascistas con la Ley de Amnistía del 78 y ahora lo que llaman democracia no es más que un montaje con unos Borbones hasta el cuello de mierda, herederos del criminal general Franco- le contó su nieta Teresa Cabrera en el oído del pobre Demófilo entubado, con oxígeno y con el corazón latiendo pausadamente, como si en cualquier momento pudiera detenerse para siempre.

Al viejo le costaba hablar por el exceso de flema en sus pulmones y garganta, tardaba en arrancar y decir lo que pensaba, Teresa lo calmaba, le acariciaba su cabeza, su pelo blanco enredado olía a medicinas, la nauseabunda fragancia del alcohol y el agua oxigenada de los hospitales, de aquel rincón compartido con dos enfermos más, un espacio para la muerte, la esquina de los desahuciados.

Desde la otra cama otro señor mayor le sonreía, llevaban juntos casi cuatro meses, la complicidad los delataba:

-A por ellos Demófilo me cago en Dios, esta escoria no merece otra cosa que la lucha armada, hijos de puta, que me enfermaron tras toda mi vida trabajando en la cantera de San Lorenzo, aquí estoy con un cáncer de pulmón por la mierda de los productos químicos y el polvo de la toba basáltica de esos explotadores, malditos asesinos- exclamó con una voz casi inaudible Diego Sarmiento, vecino de El Saldo, obrero picador desde que apenas tenía doce años.

-Si nos dieran una metralleta a nosotros sabrían lo que es bueno estos jediondos del gobierno, la juventud de hoy no tiene cojones y se deja pisotear por un grupo de mafiosos que ocupan escaño en el Parlamento- musitó como una letanía Pablo Mederos desde la cama que estaba junto a la puerta, el paciente que nunca recibía visitas y se entretenía hablando con las familias de los otros, lo sabía todo, sabía que moriría en pocos meses por su avanzada cirrosis de hígado.

Teresita les llevaba chocolatinas, bombones, caramelos y se los daba a escondidas, hasta cigarros para Pablo que se los fumaba con la ventana abierta vigilando que no aparecieran las sanitarias:

-Si tuviera treinta años menos te cortejaría hasta tu casa cada día y sabrías lo que es un galán de verdad chiquilla preciosa- le decía siempre entre risas Diego mientras saboreaba el chocolate Cadbury.

Aquella habitación habilitada para la muerte emitía una especie de halo de resistencia, una cuadrilla unida para la vida, con sus más de treinta pastillas diarias, los pinchazos con las inyecciones de todo tipo de líquidos inútiles que nos les quitaban el dolor, solo se alegraban cuando venía la muchacha y les ponía música con su pequeño radio casete, tangos de Gardel, la voz inmensa y romántica de Javier Solis y sus “Sombras nada más entre tu vida y mi vida”, la voz rota de Louis Armstrong y su "Whats a Wonderful World", mientras los tres hombres sin destino movían sus manitas en una especie de mágica coreografía inventada.

Las canciones sonaban entre carcajadas roncas y desde fuera la gente que pasaba se quedaba extrañada, alguna enfermera se sumaba a la fiesta mientras metía morfina en las botellitas de suero, las cortas tardes de sábado se tornaban cálidas cual selva guerrillera, como si todavía existiera la esperanza.

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Pintura de Vincent van Gogh 

martes, 14 de noviembre de 2017

Canción triste de Tamaraceite

Ochenta años después de convertir Tamaraceite en un espacio para el terror, con cinco fusilados y decenas de desaparecidos por los fascistas, en esto que huele tan mal y que llaman “democracia a la española”, sigue pisoteado en sus derechos elementales este pueblo olvidado por los políticos, tipos y tipas que se aprovechan de la desvertebración social para sacar tajada de jugosas prebendas, las que genera un centro comercial de los más grandes de su Egggpaña cañí del “A por ellos oeee”.

Inauguran este noviembre triste su nuevo templo para el consumo, para arruinar lo poco que subsiste en la isla de Gran Canaria de pequeño y mediano comercio, “Los Alisios” lo llaman pomposamente, esos vientos eternos que antes regaban la abundante agricultura donde ahora solo hay cemento, hormigón, trabajadores en su mayoría extranjeros explotados, algunos viviendo en barracones inmundos, un terreno para la especulación llevada a los máximos extremos, la que algunas personas ingenuas y con buena fe llegaron a pensar que con un nuevo gobierno municipal en Las Palmas de Gran Canaria, de esos que llaman “del cambio”, se podría parar esta aberración, que a este barrio, antes municipio comunista y prospero se le iba a tener en cuenta, se le iba a dotar de infraestructuras adecuadas, se iba a terminar con el hambre infantil, la pobreza extrema, la drogadicción de la juventud, el analfabetismo, la exclusión social, los desahucios, el desarraigo, la tristeza de un pueblo trabajador sin salida.

Se les ve estos días trabajando a destajo, de noche y de día para esa grandiosa inauguración prevista para la próxima semana, tipos enchaquetados con cascos y planos bajo el brazo junto a políticos eufóricos, los que ni siquiera se han preocupado de crear accesos viales adecuados para evitar los atascos, no se ha previsto nada, solo que esta multinacional y sus sucursales isleñas pongan en marcha su nuevo desarrete colectivo, la huida hacia delante para vaciar los escasos bolsillos de la población de unas islas donde se bate récords en todo lo malo, en fracaso escolar, en hambre, en desempleo, en suicidios por motivos económicos, en familias sin ingresos, en gente que come de la basura, en niñas y niños que se desmayan en clase por no haber cenado ni desayunado, en corrupción política, donde también somos campeones oeoeoeeee.

La falta de respeto de esta vergonzosa casta política con las vecinas y vecinos de esta zona de la ciudad roza el fascismo, solo quieren nuestro riquísimo territorio agrícola, nuestro patrimonio natural, para los pelotazos de los “amigos” constructores, para los maletines, quizá los sobres que tan bien gestionan los del corrupto partido de la Gürtel y sus partidos filiales del régimen del 155.

Olvidados para todo menos para el cemento y las tramas que enriquecen a unos pocos sinvergüenzas a costa de nuestra miseria, nos veremos en unas semanas haciendo cola en los masivos atascos, entre las luces navideñas que ocultaran en esta destruida zona de la isla el verdadero rostro del abuso de poder, de la injusticia, del dolor y la miseria.

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Terrenos cultivados en Tamaraceite donde ahora solo hay cemento y 
especulación, al fondo la montaña de San Gregorio
(Imagen del blog "Un paseo por Tamaraceite")

Y aquel vuelo no era solo para pájaros

"(...) Ya en el fondo Ignacio era como uno más; nadie estaba extrañado y él parecía como si viviera de toda la vida en el mismísimo fondo de la Sima".

José Luis Morales

Los colocaron en varios grupos en la pequeña explanada de la Sima tras el largo trecho andando desde Caserones, el grupo de hombres no se podía casi mover porque las cuerdas se le clavaban en las muñecas, los falangistas hicieron un pasillo hasta la “Bajada de la muerte”, una especie de tobogán natural en la piedra que daba al vacío de casi cien metros:

-Primero los de Agaete que son los más jóvenes- dijo Juan Del Río que junto a Francisco Rubio y al hijo más viejo del Conde de la Vega, de nombre Borja, que eran quienes dirigían la operación esa madrugada de septiembre del 36.

Unos jóvenes fornidos de toda la vida trabajando la tierra, con camisas blancas, algunos con boinas negras, que se tambaleaban con los cuerpos magullados, tras una noche entera de torturas, desde que los detuvieron en la Vecindad de Enfrente del Valle de San Pedro, en fila de dos y rodeados por los fascistas los acercaban al abismo, los alzaban en volandas y los lanzaban de espalda y sin mediar palabra, en muchos casos sin darles el tiro en la nuca, por lo que caían vivos hasta el fondo de la chimenea volcánica.

Se escuchaban sus gritos de horror, los golpes violentos contras las afiladas paredes volcánicas, algunos no decían nada y se precipitaban en silencio hasta el fondo, se tardaba en llegar, segundos que se hacían eternos para quienes estaban arriba, hasta que se escuchaba un ruido seco, como cuando un saco de papas caía de los camiones de los terratenientes agrícolas, los mismos vehículos que ahora usaban para trasladar a quienes iban a ser asesinados y desaparecidos.

Ignacio Morales temblaba de miedo y ya no sentía sus brazos atados a la espalda, iba viendo como tiraban a sus compañeros al agujero del diablo, uno a uno iluminados con la antorchas que sostenían los falanges más jóvenes.

No dejaba de pensar en su madre que se había quedado sola cuando lo sacaron hacía tres días de su humilde casa de Agüimes, la enfermedad de su vieja le impedía caminar y estaba postrada en su cama, el cáncer se la comía, no pudo hacer nada para que no se llevaran a su chiquillo, ni siquiera don Antonio el cura de Ingenio que vino a verla como hacía cada quince días puedo evitar la detención:

-Mi niño no ha hecho nada, no ve que no tiene más de quince años, el solo iba a las reuniones de la Sociedad Obrera porque había muchachas que le gustaban- le decía Angélica Hernández al sacerdote que negaba con la cabeza y se persignaba.

Ignacio esperaba resignado el momento de ser asesinado, había una brisa helada que venía de las costas de Bocabarranco, no aguantaba el frío y ni siquiera tenía fuerzas para intentar salir corriendo, lanzarse por la ladera sobre la tabaibas gigantes, pero no podía, le dolía la espalda, las piernas, el estómago, fueron demasiados golpes, pensaba, mientra tiraban al último de los hombres y llegaba su turno:

-Traigan a esta maricona que tenemos que bajar ya a la casa de putas de Candidita- dijo Del Río Ayala descorchando una botella de ron del Charco, ante la mirada atónita del resto de falangistas.

-Es casi un niño mi amo- exclamó el mayordomo del conde Eustasio López, que tenía un tic nervioso que le hacía mover los hombros, abriendo la boca compulsivamente en una mueca que daba miedo en aquella oscuridad.

-¿Y si le metemos una jalada y lo dejamos tirado por aquí?- gritó borracho como una cuba el requeté de Telde Juan Curbelo, al ver que iban a tirar a la Sima a un menor de edad.

El jefe Francisco Rubio Guerra los mandó a callar y ordenó que lo arrojaran al agujero:

-Aquí no es cuestión de edades señores, este hijo de puta es un rojo y da igual que tenga cinco o cincuenta años, la consigna de la Santa Cruzada es acabar con toda esta escoria-
Ignacio se mantenía erguido, no agachó la cabeza y los miraba a la cara, sentía miedo, pero quería mantener la dignidad hasta el último momento y habló con la voz rota:

-Así matan los fascistas a un hombre indefenso, los que hablan de patria y unidad de España no son más que unos asesinos cobardes- no había terminado la frase cuando el guardia civil de Las Palmas Esteban Junco le golpeó en la espalda con la culata del máuser.

El muchacho cayó al suelo destrozándose la nariz contra el picón, quedando unos instantes inconsciente, hasta que abrió los ojos y vio como dos falangistas lo habían colocado de espaldas en el filo de la Sima, no dijo nada, se mantuvo mirándolos hasta que lo tiraron con un fuerte empujón.

Se vio en el vacío, solo se dio un golpe con uno de los laterales que lo desplazó del nuevo al centro hasta caer sobre los cuerpos de sus compañeros.

Sintió que no podía mover las piernas, un terrible dolor en el brazo derecho, sintió que lo tenía fracturado, las cuerdas se habían roto en la caída, sintió el calor de su camaradas destrozados, y abundante sangre, se arrastró como una serpiente unos veinte metros hasta llegar a uno de los extremos del abismo, miró hacia arriba y vio la luz del amanecer que iluminaba el infierno, le pareció una catedral inmensa, ya no tenía frío, olía como la lonja de la carne por la mañana, cuando Juan “El Carnicero” hacía su trabajo junto a la iglesia de San Sebastián.

También vio muchos cráneos, huesos amontonados, también cadáveres en estado de descomposición que habían arrojado hacía días, quizás semanas o meses, también a varias mujeres con sus vestidos destrozados, dos chicas morenas muy jóvenes, pudo reconocer a la maestra de Agüimes Maribel Castro que estaba en un rincón en posición fetal, pensó que también había sobrevivido a la caída para luego morir desangrada.

De sus piernas y cuello no paraba de manar la sangre hasta que decidió dejarse ir, abandonarse a la tierna caricia de la muerte.

Se acostó boca arriba y se dio cuenta de que no se escuchaba nada, arriba los fascistas se habían marchado, un silencio que no le daba miedo, que lo relajaba sabiendo que ya era el final de la dulce vida, se acordó de nuevo de su madre, dormido profundamente soñaba con las flores de Guayadeque, con el agua que corría imparable por el barranco de las momias ancestrales.

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Portada del libro Sima Jinámar de José Luis Morales

lunes, 13 de noviembre de 2017

En lo más remoto habita la semilla

Una lágrima de Flora García se derramó lenta hasta el suelo en la calle más estrecha de La Montañeta, el agua de sus ojos corrió por el callejón de lava volcánica, la chiquilla vio lo que había sucedido en la lonja de carne, los golpes de los falangistas a los escasos hombres que custodiaban el recinto para que se despachara a los obreros.

Observó la cabeza abierta de Juan Tejera tras el violento culatazo de Antonio Rivero, como le ataban las manos a la espalda junto al resto de camaradas, también estaban don Miguel Cuesta el maestro de Málaga, Manuel Dieppa, el apreciado funcionario del ayuntamiento Mortes Rufino, todos atados, introducidos en un camión hacia un destino desconocido entre golpes de aquellos hombres vestidos de azul.

Florita como la llamaba su abuela Rosa Trujillo nunca había visto algo parecido, jamás imaginó que hombres que hasta hacía apenas unos meses convivían en el pueblo en armonía pudieran hacer algo tan terrible, hasta los hijos de los asesinos miraban asombrados, sus amiguitos de clase, de juegos y aventuras, que tampoco entendían que golpearan a los padres de sus compañeros.

La chiquilla se acercó hasta la plaza de la iglesia y desde un montículo observó como formaban militarmente a las personas detenidas, mujeres y hombres de todas las edades, toda gente conocida, las que hasta hace poco habían estado celebrando la fiesta de los trabajadores el uno de mayo, aquella taifa con grupos de música, timples, guitarras, tambores, gofio amasado, papas sancochadas, pescado salado y mojo rojo muy picón.

Las iban metiendo en los camiones de los Betancores y del Conde que iban llegando repletos de falangistas, a las mujeres las ponían aparte, algunas con la cabeza rapada para burla de la soldadesca que las manoseaban, les tocaban el culo o las tetas. Los hombres todos amarrados con las manos delante o detrás tenían que sentarse en el suelo para ocupar menos espacio en cada vehículo.

El cura del pueblo conocido por don Pedro ayudaba en las tareas de organización junto a los fascistas, llevaba una cartuchera con una pistola Astra al cinto, lo que le hacía la sotana todavía más ancha por su exagerada obesidad.

Entre bendiciones del sacerdote y golpes de los sicarios de la oligarquía isleña llenaban los camiones que partían hacia Las Palmas, pero otros misteriosamente hacia Tenoya y Arucas, algunos tomaba la carretera de tierra hacia Los Giles, nadie era capaz de adivinar el destino de los presos, las niñas y niños lloraban al ver a sus madres y padres atados, golpeados, con sangre en sus caras, sus ropas rotas por la violencia extrema de los sediciosos contra la legítima República.

Una mano fría tocó de repente la cabecita de Flora, miró hacia atrás y era su bisabuelo Germán que llegó con el bastón, caminaba tan lento que la niña no pudo entender como había llegado desde la empinada zona conocida como La Cruz hasta la plaza, el viejo se quedó mirando en silencio toda aquella movilización:

-Vamos mi niña, vamos, que estos criminales van a matarnos a todos- dijo llorando el anciano, que jamás había visto algo parecido en aquel lugar donde había nacido.

Los dos se fueron de la mano, Ángel acurrucó a la niña contra su cintura dañada por el reuma y la artrosis, se alejaron de aquel recinto del horror, pero no podían dejar de escuchar los gritos, los golpes, los insultos, los ¡Arriba España!, las arengas militares, los rezos del cura entregado a la exaltación de la raza y su “Santa Cruzada”:

-Ahora en casita te caliento lechita y cierras los ojos en tu camita, todo ha sido un mal sueño mi amor, quiero que sepas que jamás podrán acabar con lo que habita en nuestros corazones- le habló el abuelo con una voz tan dulce que a la niña se le erizó hasta lo más remoto del alma.

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domingo, 12 de noviembre de 2017

Los amantes de Tamadaba

El dolor en su pierna era terrible, sentía como si tuviera cristales microscópicos clavados en sus articulaciones, en las zonas más sensibles de sus huesos. María Rosa Cabello le ponía trapos mojados en el agua fría que venía de las zonas más altas de Tamadaba, pero era imposible evitar el sufrimiento, dolía demasiado y Miguel Lozano no podía gritar, si lo hacía se escucharía en medio Valle de Agaete, advertiría a los sicarios falangistas que llevaban una semana buscándolo.

La bala le había partido en dos el fémur y cualquier movimiento le generaba una molestia indescriptible, la mujer lo había recogido cuando lo vio llegar arrastrándose entre las tuneras, dejando un reguero de sangre que casi parecía un manantial de liquido rojo, María sabía que arriesgaba su vida al dar cobijo a un perseguido de los fascistas, pero lo decidió enseguida, ni siquiera se le pasó por la mente dejarlo abandonado y correr hasta el pueblo para avisar de la presencia de un rojo herido.

Lo metió como pudo en la vieja casa de una sola habitación, era un hombre de más de 1,90 de estatura y ella una mujer pequeña, frágil, delgada, pero tras casi media hora lo acomodó en su camastro sobre el colchón de paja, preparándole varias infusiones de hierbas recolectadas en al zona para tratar de que se durmiera y relajara.

Le entablilló el muslo con dos maderas atándolas muy fuerte, con la esperanza de que el hueso fracturado se pudiera pegar tras un tiempo de cuidados.

María vivía sola desde que su marido Pablo Dámaso había fallecido de tifus, a los pocos meses de casarse se aislaron del resto de la población y se internaron en el bosque para construir la pequeña cabaña de tejado, allí eran felices, solo bajaban a Agaete o Gáldar si tenían que hacer alguna gestión urgente, ya que en su refugio tenían todo lo que querían, varias cabras que daban leche y podían hacer queso, unas veinte gallinas que les suministraban huevos y en algunos momentos muy especiales su carne, los frutos del bosque en las laderas del El Hornillo, el agua que no paraba de brotar de la tierra, con la que regaban los escasos cultivos en varios bancales que construyeron.

Eran felices con muy poco y no tenían que soportar los abusos constantes de los terratenientes y sus perros de presa, tipos que ejercían de encargados de cada hacienda, que a la mínima usaban la violencia física con los hombres y la sexual con las mujeres.

A Pablo se la tenían jurada cuando aquella tarde de 1934 se enfrentó al mayordomo de los caciques de Arucas, de apellido Rosales, dándole un cabezazo tras el latigazo en la espalda que le dio con una vara de acebuche para que aumentara el ritmo de recogido de tomates. Le partió el tabique nasal y abandonó el trabajo, esa misma noche lo detuvo la guardia civil en su casa del barranco de Moya y le dieron una horrible paliza en el cuartelillo de la benemérita de Santa María de Guía.

Esa mañana cuando regresó repleto de heridas y magulladuras fue cuando decidieron aislarse de aquella sociedad feudal, recogieron lo poco que tenían y partieron andando hasta encontrar el paraje más lejano, más alejado de aquellos criminales que masacraban a los trabajadores con condiciones laborales que rozaban la esclavitud.

María le contó todo a Miguel Lozano y comenzó a comprender porque lo había acogido, refugiado en la casita de las flores y los árboles gigantes, donde el único sonido que se escuchaba era el de los manantiales, las águilas, los cuervos, los pinzones y jilgueros.

En unos meses Lozano empezó a caminar con unas rudimentarias muletas que le construyó María, la ayudaba en lo que podía en las tareas agrícolas, limpiaba la casa, le hacía la comida, unos potajes de berros con zanahorias, papas y batatas, que inundaban aquellos páramos de un olor que invitaba a disfrutar, a saborear en cada cucharada todo lo bueno que les entregaba la naturaleza.

Una noche cuando menos lo esperaba y mientras veían las estrellas sobre una manta María lo besó en los labios y le incendió el corazón, sintió el sabor de aquella boca pura, el calor de su cuerpo en el abrazo interminable, el amor que ambos habían olvidado huyendo de la tristeza, de la opresión, del sufrimiento y de la muerte, no salieron de la cama en varios días, se amaron como nunca habían amado, a manos llenas, saboreando cada poro, cada centímetro de piel, de ternura, cada caricia de un amor que en unos días parecía que se había hecho eterno.

Miguel sabía que aquella felicidad no podía durar mucho, que tarde o temprano lo encontrarían y que María pagaría por haberlo escondido, también tenía muy claro que ya no se podían separar pasara lo que pasara, que se amaban demasiado.

La tarde del 4 de mayo de 1937 escucharon varios disparos y enseguida supieron que no eran cazadores, los máuser sonaban de otra forma, era otro estruendo que estremecía el alma, se subieron al pino ancestral de más de cuatrocientos años y vieron un grupo numeroso de falangistas persiguiendo a dos hombres cerca de la Vecindad de Enfrente, como los acorralaban golpeándolos salvajemente, hasta que uno de los fascistas dio la orden de acribillarlos a balazos:

-Tenemos que irnos de aquí mi niña si queremos salvar la vida- dijo Miguel entre lágrimas y abrazado a María sobre el viejo árbol.

Esa misma noche soltaron las cabras y rompieron el gallinero para que las aves camparan libres por la foresta, recogieron provisiones, dos lebrillos de gofio, varios quesos duros, la carne salada y seca de varios conejos, una caja de sardinas saladas, partiendo lentamente hacia la inmensa cuesta, se ataron unos trozos de mantas sobre las alpargatas para no dejar huellas, cambiaban constantemente de ruta y con una hoja de palmera iban borrando cada paso, ya no se escuchaba nada, ni un disparo, pero sabían que aquellas bestias los buscaban, que no pararían hasta encontrar su refugio y asesinarlos.

Cuando llegaron a Tamadaba desde el acantilado se veía todo, los barcos llegando al puerto de Agaete, los movimientos de los fascistas subiendo al valle, avanzando hacia La Aldea de San Nicolás, parecían estar en el cielo y observar cada trozo de vida, cada pedacito de existencia.

Allí se desvanecieron en la nada, nunca más se supo de los amantes, solo Juan Amador, pastor de cabras de Guayedra, contó una noche a unos caminantes alemanes que eran dos fantasmas, que a veces se les veía volar entre los pinos, que se encendían fuegos en lugares imposibles de acceder, pero que luego se apagaban como luciérnagas de invierno, seres mágicos que a veces dejaban un rastro que olía a flores salvajes, a orégano de monte, al poleo de los riscos de Faneque.

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Vista del Roque Faneque desde Tamadaba y el Teide al fondo

sábado, 11 de noviembre de 2017

A la maldición de no ver más aquellos ojos claros

Lo primero que hizo Lolita Santana cuando se llevaron a su nieto la noche del 14 de agosto del 36 fue ir a la casa del conocido dirigente fascista apodado el “Cojo Acosta” a primera hora de la mañana, el jefe falangista salió como siempre arrastrando la pierna afectada desde niño por la polio:

-Don Manuel se llevaron a mi niño anoche, varios hombres vestidos de azul lo metieron en un camión y me golpearon cuando salí a preguntar donde lo llevaban-

Acosta se la quedo mirando un buen rato sin omitir palabra mientras por su puerta salían dos jóvenes menores de edad que la mujer no pudo identificar, luego recordó que era muy conocida la afición del fascista por tener sexo con menores:

-Lolita yo no puedo hacer nada, si se llevaron a su nieto es porque algo haría, esté tranquila que está en manos de los que defienden nuestra patria del terror marxista- dijo el falangista todavía en calzoncillos, recién salido de la cama redonda con aquellos casi niños, todo era normal ya que los vecinos estaban acostumbrados a la entradas y salidas de menores de su casa.

La mujer agachó la cabeza porque sabía que esa respuesta no salvaría la vida de su nieto Juanito Tejera, se arrodilló ante el fascista y le pidió clemencia, una llamada, un papel firmado que pudiera mostrar en el centro de detención del barrio de Arenales en Las Palmas de Gran Canaria, lugar al que se estaban llevando a los de Tamaraceite en esas noches terribles, ya que al parecer la comisaría clandestina de la calle Luis Antúnez estaba saturada.

El cojo le puso la mano en la cabeza y le dijo que rezara dos padrenuestros y varios ave Marías porque no podía hacer nada:

-Esto no es pa mi señora-

Lolita bajó la carretera general cabizbaja y la calle estaba vacía a las ocho de la mañana, solo varios hombres entraban al bar del Manolito “El Mago” a tomar el ron mañanero, ninguno la miró, todos bajaron la cabeza, posiblemente por miedo a que los relacionaran con la familiar de un comunista detenido.

Siguió andando, atravesó el puente del barranco y no paró hasta llegar al centro de detención, afuera sentadas en la acera había varias mujeres que parecían demandar lo mismo que ella quería exigir: la libertad de su querido nieto.

Dentro se escuchaban gritos estremecedores de mujeres y hombres, golpes, detonaciones de pistolas y fusiles, la calle vacía, las ventanas y puertas de las casas cerradas al cal y canto, solo varios guardias de asalto custodiaban la entrada al centro de tortura, varios tipos aburridos, como acostumbrados a repetir cada noche, cada madrugada lo mismo:

-Aquí no está su familiar, anoche lo soltaron y lo vi caminar calle abajo hacia la playa de Triana, seguro que ya está en su casa.

Ni Lolita ni sus compañeras de sufrimiento se lo creían, por eso se quedaron allí y en cada grito, en cada alarido, parecían identificar el sonido de cada ser querido sometido a las aberraciones de aquellos criminales fascistas.

Desde que llegó la noche comenzaron a llegar camiones y coches cargados de hombres, alguna mujer, a las que separaban y llevaban a otras dependencias, según decían para violarlas si eran jóvenes y guapas. Los bajaban de los vehículos a golpes, eran seres destrozados todos con los ojos llenos de sangre, casi ciegos, entraban tambaleándose a la casa donde iban a ser maltratados hasta la muerte.

Lolita sobre las doce de la noche muerta de hambre y sed se fue por detrás del centro de detención buscando un lugar oscuro para orinar, cuando se levantó la enagua y se agachó en cuclillas, entre varias piedras y un acebuche, vio como se abrió la puerta trasera y sacaban a varios hombres que parecían muertos, los metían en un camión de los Betancores utilizado para el transporte de papas, tomates y plátanos y en esos momentos como transporte de muertos, echaban los cuerpos como si fueran racimos, cuerpos jóvenes y fuertes, muchachos de Arucas, Telde, Agaete, Galdar, Guía, Agüimes, Ingenio, Tunte..., hasta que lo llenaron y el vehículo salió a toda velocidad, dejando un reguero de sangre, custodiado por un grupo de falangistas que montaban guardia entre los muertos amontonados.

Allí se quedó Lolita inmóvil unas tres horas esperando ver salir a su niño amado, ya había perdido la esperanza, los gritos no cesaban, alaridos de dolor que traspasaban el alma, hasta el momento en que volvieron a abrir las puertas, sacando a varios jóvenes, esta vez iban andando, tambaleándose, recibiendo golpes y empujones de los falangistas y guardias civiles, entre los muchachos iba Juanito, con la camisa blanca llena de sangre y la nariz rota, lo iban a meter en unos coches negros de gente rica de la isla, cuando la mujer salió de su escondite y corrió a abrazar al muchacho, se le aferró al cuello, el chico no tenía fuerzas ni para recibir aquel arrebato de cariño inmenso, los guardias la separaron a golpes, Lolita cayó al suelo con la cabeza abierta de un golpe de máuser, su nieto le dijo que la quería mucho cuando cerraron la puerta del auto para no verlo nunca más.

La anciana se puso el pañuelo en la herida, se levantó lentamente mirando como los coches desaparecían camino del sur de la isla, uno de los guardias se le acercó y le dijo que se marchara cuanto antes, que corría peligro su vida.

Ella no paraba de llorar y un guardia vecino de Tamaraceite, apellidado Bolaños, le susurró al oído:

-En unos años cuando todo esto se tranquilice llévele unas flores a la Sima de Jinámar y no llore más mi viejita, váyase tranquilita.

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Camiones trasladan a presos del franquismo a la prisión provincial de Sevilla